viernes, 12 de febrero de 2016

lo contrario de un espejo.



Nuevas estrellas fugaces nos deslumbran estos días,
surgen del monitor como un imprevisto letal para la conciencia,
la irrupción de las fugitivas es constante y arrebatadora,
su acontecer desborda nuestros sentidos,
cien corazones dan un vuelco por ella
y los deseos que le dedican redundan
en las ganas de coincidir momentáneamente en su trayectoria,
de orbitar juntos al anochecer,
de arrimar líneas paralelas,
superponerlas
y entrelazarlas.

Todos los ojos del mundo están puestos en ella,
en las postales de una vida soñada pero incompleta,
en los recortes de un diario intimo que chorrea sensacionalismo,
en ese aburrimiento ligero de ropas,
en esa monotonía que invita a romperla,
en ese admitirse fea,
con cara de galleta
y grandes ojeras
que desata una lluvia de ingeniosos argumentos en su contra,
empuñados en manos de los puñeteros de siempre,
entre los cuales me descubro,
tarde
y con cierto desagrado,
preguntándome,
cómo destacar mi pulgar de entre cientos que se arrojan a sus pies;
solamente siendo otro click entre el montón.
siendo parte de la redada,
del rebaño de bobos que la adoran,
que andan encandilados por el brillo de lo aparente,
engolfados en la nada criteriosa corriente de los enamoradizos
perdidamente engolosinados con eso que entra por los ojos,
desconociendo la ausencia de espesura,
de perspectiva, de profundidad,
de algo que haga pensar que hay un alma ahí dentro.

Distraído
por esa colección de miradas provocadoras
me olvido
todo lo aprendido sobre estrellas fugaces:
que la fachada es la fachada
pero el resto es volátil, cambiante, insustancial;
que las viñetas donde transcurren sus días no resisten mucho tiempo,
que la composición de esos recuadros deja afuera lo genuino,
que los rincones de esa casa son de mimbre;
no reparé
en lo endeble de esos castillos,
ni en lo frágil que son esas convicciones,
ni en lo pasajero de sus más razonadas determinaciones
y ya el aleteo se insinuaba en el hueco de sus pupilas.

Pasó.

La pecera se agrieta antes que pueda sumergirme en sus aguas,
la estrella se fuga, se aleja, se pierde,
se lleva consigo el horizonte,
de súbito, me encuentro adorando la tibieza de un nido vacío.

Por favor, ya no asomes tu nariz por su ventana:
el mundo que te deslumbraba se ha marchitado.

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