sábado, 20 de febrero de 2016

los memoriosos zapatos del energúmeno.




La culpa de todo la tienen estos zapatos,
son ellos los indómitos,
los resentidos,
los desesperados,
son ellos que no aceptan la ruptura,
no entienden que la paz es más fuerte que el amor,
no se adaptan a la distancia que nos cuida,
insisten en llevarme hasta su casa todos los días,
apuran cuando ella se va, atrasan cuando aún no se ha ido,
son un par de zapatos jodidamente memoriosos:
nunca olvidan el camino,
nunca olvidan los horarios,
nunca olvidan los estremecimientos que me sacudieron ahí dentro,
nunca olvidan que fueron preámbulo a la caída de los pantalones,
el escalón previo al inicio de algo fuerte;
mis zapatos no quieren entrar en razón,
yo les hablo pero ellos no escuchan,
les pido que lo dejen ir, que se rescaten,
que acomoden la pena donde no lastime,
que desanden el camino y se vuelvan
pero ustedes no saben lo necios que pueden ser estos zapatos,
ya es muy tarde para entrar en razones,
los zapatos me están metiendo por la ventana,
todo lo que necesitan está ahí adentro
esperándolos todo el tiempo,
llamándolos todo el tiempo,
apartándolos de la buena senda,
llevándonos tras líneas enemigas.

Ojo, que las manos también son culpables,
ellas no consienten el frío,
no se acostumbran al desuso,
quieren lo que no pueden tener
y ahí van:
tocando todo lo que encuentran a su paso,
recorriendo el marco de la puerta que se la lleva y la trae,
acariciando el espejo que bebe de su figura,
dibujando retorcidas posturas sobre la cama deshecha,
levantando prendas del suelo,
adivinado de qué forma llegaron ahí,
sumergiendo dedos en la taza donde lava sus pinceles,
acercando sensaciones a la nariz y a la boca,
abriendo y tocando la caja de pinturitas,
pensando que un día lejano
estos zapatos me llevaron a comprarlas cerca de plaza Italia
y que estas manos se lo entregaron a las de ella
en su cumpleaños, cuando todavía era bienvenido puertas adentro;
toqueteo las paredes, las fotos que cuelgan de ellas,
la cara, lo labios, las piernas de los fotografiados
me arremolino de placer entre los recuerdos que me fueron vedados,
me hundo profunda y perdidamente en el éxtasis de los sentidos
hasta que escucho la llave girando en la puerta,
veloces, los zapatos me sacan por la ventana,
me escabullo en la noche como el más vulgar de los ladrones,
un despavorido energúmeno corriendo bajo la lluvia por callejuelas secundarias,
embarrando mis memoriosos zapatos,
tropezando con charcos de agua sucia,
esquivando perros y bolsas de basura,
vuelvo a mi escondite amparado por degeneradas sombras de la noche,
preguntándome:
por qué negar a tu creación, madre,
te pido
lo que siempre te di y nadie me ha ofrecido en este mundo
un poco, tan sólo un poco, de comprensión
a falta de una segunda oportunidad,
que no merezco,
que no tenés,
que ya no hay.

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