martes, 16 de febrero de 2016

noventa y nueve pájaros volando.





Le digo que está todo bien,
que la entiendo, que ya lo sabía;
estoy mintiendo descaradamente,
quiero hacer como que no dije nada,
restarle importancia, cambiar de tema
mientras las alas se me desprenden con el estornudo de un ángel.
Noventa y nueve pájaros aún siguen volando,
en cuanto a mí, no serán suyas las manos el lugar donde aterrice.

Le digo que no pasa nada
y encolerizadas mariposas se me escapan de la panza a través de la boca,
derraman su encolerizado fuego sobre el establo
y ese potrillo que se la lleva galopa incansable,
de pronto, me veo a mi mismo siendo no tan necesario para su futuro
de pronto, la claridad del escenario se ha vuelto abrumadora.

Le pido que me disculpe,
pretexto cualquier pavada
y emprendo el camino de vuelta,
me arrostro a las calles mudas,
no sólo con la sensación de que nunca más volveré a verla de nuevo
sino también
con la certeza de que mañana
el sólo escuchar mi nombre la hará mirar hacia otro lado
con el rostro despavorido,
cubierto de rubor y de vergüenza.


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