lunes, 8 de febrero de 2016

un pequeño fuego llamado Rita Pavone.





Decía mi padre
que lo mejor era conseguirse "una de esas italianitas de acá a la vuelta"
y, torciendo el cogote, apuntaba su narizota bronceada hacia la esquina del bajo
como indicando por allá un buen punto de partida para iniciar la búsqueda,
allá: donde los sauces abalanzaban sus enramadas sobre la calle de tierra
y los perros le ladraban a las bicis de los nenes que zumbaban en la tarde.

A continuación retomaba la cebada y nos dictaba
cuántas fetas de salame y/o mortadela quería atravesando su mignioncito.

Pese a la sobrada confianza que el viejo le imbuía a su recomendación
y a la posterior sonrisa plena de satisfacción que nos ofrecía
–y que acentuaba
 juntando sus manazas de tornero sobre la panza hinchada de vino–
la respuesta que obtenía de nosotros era siempre la misma:
fastidio, incredulidad y un desdeñoso "tomatelas" que no tardaba en hacerse oír;
en Villa Zula no hay italianitas,
en Villa Zula hay muchas cosas
pero ninguna de ellas responde a las prefiguraciones de una lozana y fresca italianita.

Decía mi madre
que ninguna italianita duraba mucho tiempo sola
porque un racimo de pretendientes colgaba siempre de sus faldas a donde fueran
y agregaba, siendo ella italiana y conociendo el asunto de primera mano,
que a lo mejor no convenía conseguirse "una de esas italianitas de acá a la vuelta"
porque "el cariño de una tana tiene sus contrapartidas".

Quedaba uno así
imaginando cuál sería el atractivo que las afamaba
y cuáles y qué tan graves eran esas benditas contrapartidas.

A mí las respuestas me llegaron todas juntas y de golpe,
cierta noche que televisaron "Nueve reinas"
y que mi vieja pidió más volumen hacia el final
y que bailando al son de "Il ballo del mattone"
–exhibiendo una destreza insospechada para una persona de su edad–
calificó a la Pavone con las siguientes palabras:
"Era brava la petisa".

–¿Brava cómo?– pregunté.

La respuesta que me dio fue tan contundente como desconcertante:
"Y… era tana", razonó mi madre, que ya levantaba la mesa
y me dejaba solo en el comedor
con ese nuevo y fascinante conocimiento.

Tuve que poner mis manos en el fuego para descubrirlo;
ellas discuten con la misma pasión que aman,
que es la misma que disponen para cocinar, para odiar y criticar a sus congéneres
así es el fuego de las "italianitas de acá a la vuelta",
lo tocás y te quemás,
te quemás y te encanta,
te encanta
y estás embarcado en un viaje de ida.

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