domingo, 27 de marzo de 2016

termina la noche.




La gira termina de golpe
rompiéndose como un huevo contra el filo de la mañana
mientras teros, gorriones y benteveos remontan vuelo escapándole al desmonte
y bombardean con su trino la ruina cerebral de los trasnochados
y ese gordo y viejo sol emerge de las aguas del río
chisporroteando violento sobre los techos de chapa acanalada de las casas
derramando su luz-puñal en los ojos de los vampiros.

Irrumpiendo por una esquina cualquiera del centro,
como salidas del sueño de un solitario onanista,
un ramillete de chicuelas avasallantes cruza la avenida entre griteríos
precipitándose a la zaga por una calle secundaria
desapareciendo entre cajones de pollo y una hilera de coches
desintegrando bajo sus pasos el encanto de una noche inolvidable.

Las niñas desfilan su aterrizaje ante una fantasiosa ronda matera de taxistas,
pasando delante de unos naufragados que,
rotándose el culo de una cerveza caliente,
les dedican unas miradas feroces
acompañadas por una torsión de cuello feroz
y la invitación a participar de actividades no menos feroces.

–Rocío, Rocío pará, esperáme, boluda, qué te pasa –grita una
pero Rocío no para, ni espera, boluda,
esta noche le metió a su cuerpo más Frizzé del que puede aguantar
y ahora la cosa pugna por salir;
con los zapatos colgando de una mano
y los pies mugrientos de andar descalza,
Rocío se desploma en el jardín de algún jubilado
y le deja un regalo caliente sobre las flores del cantero.

En la vereda de enfrente, quebradiza sobre la cal,
una apasionada Eva Duarte proclama que "nuestra patria dejará de ser colonia
o la bandera flameará sobre sus ruinas",
un 307 –claramente pagado por papá– reduce la marcha junto a ellas,
el conductor baja los vidrios polarizados y sube el volumen del reggaetón,
si sacara la pija y la meneara con soez orgullo no habría diferencia,
el propósito, la síntesis, el objetivo
viene a ser el mismo
en este contexto
y en cualquier otro también.

La expurgación se sucede en pestilentes arcadas,
una de las amigas sostiene el pelo de Rocío
le acaricia los hombros, la ayuda a reír,
mientras la otra empieza a sentirse tentada por la perspectiva que ofrece el coche,
allá en la esquina los taxistas lamentan no tener veinte, treinta años menos,
la bilis chorrea los labios pintados,
las calzas de estreno arruinadas,
las rodillas besando el pasto mojado,
el 307 arranca, sale arando,
ya no queda nada dentro de Rocío,
la noche
parece
ha llegado a su fin.







lunes, 7 de marzo de 2016

ecos de Oslo en Barrio Banco.





Estoy hablando de un periodo de alza para el embajador de lo escandinavo,
cuando recuperó el sosiego, 
la arrebatada calma,
la merecida paz tantas veces postergada,
cuando redescubrió la forma de equilibrarse
asido a las cuerdas metálicas de su instrumento,
pulsando precisamente ahí
a donde late la vida, donde se guardan las penas,
en ese lugar incomodo donde no entra la razón,
sobrevolando interminables paisajes de fiordos con su canción,
fueron los días anteriores a este presente feliz,
los días que descansaron en sus manos,
días que sólo a él le pertenecieron,
oportunos días para dejar de creer en la suerte,
ya no más buena, ya no más mala,
solamente inexistente,
minúscula, irrelevante, naderías,
días de reducir la depresión a una breve anécdota.

Allá:
perdido entre las achaparradas casas del Barrio Banco,
entre los laberinticos pasajes y ligustrines que lo delimitan,
cercano a la linde montaraz del ribazo,
bajo la siniestra arboleda que gime bajo las caricias del viento,
se dedicó a robarse todos los atardeceres de los últimos treinta inviernos,
los absorbió
y los hizo canción,

así fue como venció a la tristeza,
que es la miseria de otros
y de otras,
de terceros
menos satisfechos con el papel que eligieron interpretar,
una indeseable herencia
que cae sobre los mejores,
en manos y ojos y pechos de un alma pura,
dejando huella en su transparencia,
haciendo daño, sembrando dudas, quitando sueño, robando paz.

Tuve el privilegio de compartir la proximidad de ese alivio,
de ser testigo de ese proceso,
de interactuar silenciosamente,
como un espía, con la cocina de su creación,
comprendí la concepción de su arte
cierta tarde de agosto
cuando lo descubrí sintiendo piedad por el gato
que lo miraba suplicante
ante la orden de salir afuera,
amé su arrepentimiento,
amé la puerta cerrándose al frío
y la sonrisa que le dedicó al consentido felino,
lo guardé entre mis tesoros para cuando falte la esperanza.

No logra el tiempo destituirlo, nada puede,
no se aburre con los años y a otra cosa,
aún sigue ahí: gestionando adeptos de las tinieblas,
modelando un ejército de canciones para combatir la iniquidad.

Hoy desde acá,
desde este rincón tiradero de toallas
que es mi refugio,
brindo por él y por sus canciones,
por preservar intacta la magia de conmover sin usar palabras,
por ese lenguaje que nos ha obsequiado
y que no todos entenderán.