lunes, 7 de marzo de 2016

ecos de Oslo en Barrio Banco.





Estoy hablando de un periodo de alza para el embajador de lo escandinavo,
cuando recuperó el sosiego, 
la arrebatada calma,
la merecida paz tantas veces postergada,
cuando redescubrió la forma de equilibrarse
asido a las cuerdas metálicas de su instrumento,
pulsando precisamente ahí
a donde late la vida, donde se guardan las penas,
en ese lugar incomodo donde no entra la razón,
sobrevolando interminables paisajes de fiordos con su canción,
fueron los días anteriores a este presente feliz,
los días que descansaron en sus manos,
días que sólo a él le pertenecieron,
oportunos días para dejar de creer en la suerte,
ya no más buena, ya no más mala,
solamente inexistente,
minúscula, irrelevante, naderías,
días de reducir la depresión a una breve anécdota.

Allá:
perdido entre las achaparradas casas del Barrio Banco,
entre los laberinticos pasajes y ligustrines que lo delimitan,
cercano a la linde montaraz del ribazo,
bajo la siniestra arboleda que gime bajo las caricias del viento,
se dedicó a robarse todos los atardeceres de los últimos treinta inviernos,
los absorbió
y los hizo canción,

así fue como venció a la tristeza,
que es la miseria de otros
y de otras,
de terceros
menos satisfechos con el papel que eligieron interpretar,
una indeseable herencia
que cae sobre los mejores,
en manos y ojos y pechos de un alma pura,
dejando huella en su transparencia,
haciendo daño, sembrando dudas, quitando sueño, robando paz.

Tuve el privilegio de compartir la proximidad de ese alivio,
de ser testigo de ese proceso,
de interactuar silenciosamente,
como un espía, con la cocina de su creación,
comprendí la concepción de su arte
cierta tarde de agosto
cuando lo descubrí sintiendo piedad por el gato
que lo miraba suplicante
ante la orden de salir afuera,
amé su arrepentimiento,
amé la puerta cerrándose al frío
y la sonrisa que le dedicó al consentido felino,
lo guardé entre mis tesoros para cuando falte la esperanza.

No logra el tiempo destituirlo, nada puede,
no se aburre con los años y a otra cosa,
aún sigue ahí: gestionando adeptos de las tinieblas,
modelando un ejército de canciones para combatir la iniquidad.

Hoy desde acá,
desde este rincón tiradero de toallas
que es mi refugio,
brindo por él y por sus canciones,
por preservar intacta la magia de conmover sin usar palabras,
por ese lenguaje que nos ha obsequiado
y que no todos entenderán.

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