lunes, 4 de abril de 2016

el problema con Dios.




A veces le dedicaba tardes enteras a contemplar el ojo que todo lo ve,
cuando mi familia tensaba tanto sus lazos que parecía a punto de romperse
yo me escapaba por la ventana hacia la libertad,
en busca de un marco que no me dejara sin aire
corría por callejuelas hacia el fondo del barrio
y me tendía de espaldas al suelo en algún claro del monte
y así detenía el girar del mundo sobre mi cabeza,
detenía las agujas de todos los relojes de todos los rincones de la ciudad,
detenía la tragedia que sumergía mi casa en la inexplicable rabia

Necesitaba descubrir al creador reflejando cierta humanidad,
descubrirlo soltando lágrimas por los crímenes de sus hijos,
irritándose por nuestros pecados,
apagándose lentamente bajo un parpado agotado al final del día.

Esperaba ganarme la confianza del altísimo,
recibir un guiño, una seña,
algo de lo cual servirme en el futuro
cuando la hora de la verdad llamara a mi puerta,
cuando las eventuales adversidades se presentaran en el camino.

La imaginación del niño que fui navegaba sin descanso en su iris celestial
mientras un rebaño de nubes gordas, viejas y cansadas
se arrastraban por los cielos como en una agonía
hasta que el sol se alejaba pacíficamente detrás de los árboles en ciernes
y a mí me tocaba volver
y el mundo volvía a girar
y los relojes volvían al tic-tac
y la tragedia me estaba esperando
y ninguna respuesta me cayó del cielo
y nunca vi a Dios llorar por nosotros,
ni enojarse ni cansarse ni nada:
el problema con Dios es que está en todas partes
entonces no puede auxiliarnos a todos;
un padre tiene que priorizar
y yo me quedé acá abajo,
atravesando adversidades lo mejor que pude,
dejando que fuera Dios quien me descubriera llorando, irritado y exhausto
reflejando humanidad a través de mis ojos sin fe
con la tragedia abollando mi infancia
hasta que un hombre resultó de ella.

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