martes, 31 de mayo de 2016

un hombre adulto llorando de miedo.





lo primero que hizo, después de colgar el teléfono,
fue llevarse los dedos índice y pulgar a ese pequeño espacio entre las cejas
y descansar sobre ellos todo el peso de su confundida cabeza,
cerró fuerte los ojos
en un vano intento por detener el llanto,
–que ya le venía subiendo por la garganta desde hacía rato,
arremolinándose con el burbujear etílico en erupción,
trastocando el filo de sus palabras hasta herirlo,
dejándolo en evidencia,
espantosa evidencia–
y zozobró amargamente, pleno de vergüenza,
a pesar del vacío gobernante
en la habitación esa tarde,
en la casa los últimos años
 y casi, casi, en la totalidad de su vida;
un hombre adulto llorando de miedo,
tirado en el sillón como un decorativo peluche beodo,
rodeado de botellas a medio acabar, ceniceros rebalsados
y una extensa colección de esquelas archivadas en la cajonera.

una verdad acaba de saltarle a la cara recién,
mientras llamaba para contarme algo que se le olvidó en el trayecto,
el recuerdo de los muertos lo hizo desviarse por una curva sentimental
y terminó
descubriéndose a sí mismo pidiendo entre lágrimas el final de todo esto,
lejos estoy de saber qué es todo esto y por qué debe terminar
y aunque lo imagino, él no deja aventurar nada,
corta
y algo queda sin decir
y puede que haya sido lo mejor.

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