sábado, 25 de junio de 2016

fundacional.





el origen de la desviación hay que buscarlo al otro lado de la medianera,
en una tarde cualquiera, de muchas que las hubo,
salvadas en compañía de cierta chicuela mandona y varonil.
esa vez, la hora de la siesta nos había dejado accidentalmente solos,
dos niños lejos de todos los ojos del mundo,
expuestos a la cercanía que obligaban las cuatro paredes de su habitación,
sentados como chinitos sobre su cama,
enchufados a la colorida y precaria fantasía del Family,
continue tras continue al Ice Climber,
continue tras continue al Wonder Boy,
rotándonos el joystick de mano en mano
en un amoroso gesto de pares compartiendo evasión.

de la nada, ella se quejó de mis cordones desatados,
los señaló con enojo,
apenas conteniendo las nauseas,
aborreciéndolos.
eran el símbolo de una etapa lejanamente quemada
como andar en bici sin rueditas,
cruzar la Montevideo o viajar solos en colectivo,
intolerable ceniza del ayer.

resuelta, anunció que los cordones desatados eran una tontería,
algo inadmisible,
preguntó, con esa desafiante retorica pre-adolescente,
si yo era un tonto
y agregó
que no quería de amigo a ningún tonto,
que ya era la hora de aprender solito cómo se hacía la cosa.

me hizo bajar de la cama y arrimó uno de sus zapatitos a mi cara,
desató y ejemplificó el procedimiento unas tres veces,
luego, fue el momento de evaluar sus lecciones.

–Pero antes –dijo– para estar segura de que nadie nos va a molestar...

Caminó hasta la puerta,
la cerró muy despacio
y volvió hasta la cama,
tomó asiento delante mío,
se desató los cordones,
me acercó el zapatito
y ordenó:

–Ahora vos, a ver si te sale.

el nudo no me salía,
ponía todo mi esmero en ello pero no había caso,
ella le había dado un marco de cosa errónea a la lección,
la puerta cerrada
insinuaba la apertura hacia una intimidad desconocida:
la puntilla de los soquetes me distraía del objetivo,
la delicada forma de las borlas me sugería otros rumbos,
proponiéndome un imperdonable arrebato
de remover el estorbo de cuero, de nylon, de pudor
de aprontarme a desnudar ese pie y besar cada uno de sus dedos,
de tomarlo entre mis manos y llevármelo a la boca
sin mediar consulta alguna,
sin medir consecuencias,
sin detenerme a realizar una lectura gestual de su petulancia,
sin darle tiempo de sorprenderse u horrorizarse.

Pero no
no hubo arrebatos que lamentar
así como tampoco hubo aprendizaje,
el nudo nunca salió y el veredicto fue lapidario:
"al final, me parece que si sos un tonto".

Me excusé y salí de la pieza,
experimenté un gran alivio al abrir la puerta
y al salir a la calle, sentí que algo no volvería a ser lo mismo en mí
y tampoco entre nosotros,
sólo que tardaría años en comprender qué era.

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