sábado, 9 de julio de 2016

serenata per un vigliacco al spiedo.




Hay un desfile de sombras en mi ventana:
trenzadas en furioso tango,
la negrura y el suspiro
derraman borrachas figuras sobre mi
que ya resignado al insomnio
me dedico a seguir el violento compas de sus vaivenes
conteniendo aplausos y lágrimas,
como queriendo escapar de la que me tiene despierto;
traídas en manos del viento, las sombras se ríen y bailan
con desenfado, como hechizadas,
atraviesan la cortina y se desploman ante mis ojos,
llenando estas horas
con cierta vivacidad ausente en las horas del día.

Hay una orquesta de grillos bajo las masetas del patio,
un estridente ensamble de incansables músicos,
una partida de auténticos profesionales del batifondo
que frotan pendencieramente sus patas, sin asco,
aportando lo suyo a esta fiesta de lo sombrío
y hay, además, una Luna, allá arriba,
observándolo todo, iluminando
suspendida entre nubes de lúgubre formato,
colgando –tan gorda como incondicional–
en un oscuro lienzo perforado de estrellas.

Hay un puñado de casas amontonadas junto al río, bajo esa Luna,
y en algún punto de esa cuadricula urbana,
separados estratégicamente por manzanas y avenidas,
está ella, en un barrio, lejana,
haciendo su vida
y estoy yo, en otro barrio,
encaprichado,
deteniendo la mía,
esperándola a ella para volver a respirar,
si tan sólo pudiera soltar la manija,
bajar de la moto, desacelerar,
detener el galope que, desbocado, me conduce a la ruina,
volver a la paz de los días antes,
los días antes de nosotros,
mucho antes de la ruptura, mucho antes del deterioro,
mucho antes de amoldarnos
y amoldar
a las idealizaciones prefabricadas del otro,
previo al contacto, a la ceguera, al mutismo
previo, incluso,
a esa vez que dimos el primer paso.

Hay un loco soltando carcajadas, ahora mismo,
resquebrajando el sueño del barrio dormido, soy yo;
qué risa me doy queriendo engañar al tiempo,
qué risa no seguir mi propio (y sabio) consejo
qué risa nadar los cielos, determinado a encontrarla,
para dejarme hundir cuando la escucho llamar mi nombre,
qué risa los hechos, qué risa esconder montañas con las manos,
qué risa vivir, tal vez morir, lleno de arrepentimiento.

Hay un cobarde girando en su cama esta noche
 y ese cobarde lo sabe:
los pensamientos van donde el corazón no se anima
y entera una vida se puede perder preguntando
"qué hubiera pasado sí...".

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