domingo, 24 de julio de 2016

tatuaje de golondrinas.




Esta flecha que llevo en el pecho no duele,
no incomoda, no pesa, no lastima,
ella me acompaña desde siempre
somos grandes amigas
envejecemos juntas
vemos pasar los días por la ventana
mientras esperamos al tirador fugitivo,
al dueño de nuestra pena,
acostumbrándonos
de a poco
al desencanto,
a que nos decepcione.

Puedo llorar escondida en el baño,
todos los días, un ratito, programada,
con la cara hundida en una toalla,
soltando lágrimas calientes
destinadas a mi padre,
a su ausencia
insoportable,
es un precioso secreto
(que nos hermana)
y te pido, por favor,
que lo rescates del olvido.

Dos golondrinas clavadas en la piel
me cuidan, me advierten, me orientan,
son un colorido recordatorio
de la fuerza concentrada en mi pequeñez,
de la belleza que traigo
y espera ser descubierta,
que no se borra con la ingratitud
de cobardes y fantasmas
que coincidieron conmigo
en tiempos y espacios ya perdidos.
Puedo volar
llevada en alas de mis amigas,
por encima de las casitas del barrio,
ligera como una hoja,
hasta desaparecer entre nubes
y llegar a donde quiera
y hacerlo como quiera,
cuando se me antoje.

¿Qué hay en el mundo que no esté a mi alcance?

Si yo ya miré
detrás de las cortinas de humo
que sostienen la perfumada alegría
de los que me hirieron
y no tuve miedo.

No.



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