sábado, 27 de agosto de 2016

un monstruo sensible.



en la cabeza un moño,
en las manos un corazón,
entre las piernas una necesidad
y en el andar
un irreductible deseo de tropezar,
casi por accidente,
con alguien que complete
los vacíos y faltantes
que llevan años
ensanchándose en la postergación.

hasta que ese momento llegue,
prueba y error
harán de nosotros
bufones de corte raquítica,
bálsamo para unos,
herida para otros,
un monstruo sensible cubierto de cicatrices,
cazadores, cazados, cabezas en la pared
o mero
e insignificante
polvo disuelto en el paso de los días.

vos dejá que tu puerta los traiga,
ella misma se encargará de llevárselos
si no son lo que necesitás.

miércoles, 17 de agosto de 2016

poeta en crisis.



algunas noches
el poema simplemente no quiere salir
y yo me tengo que ir a dormir
sintiéndome un poco como estas hojas:
no incompleto,
no derrotado
no bloqueado,
tan sólo lleno con el deseo
de que se descubra lo que hay en mí.

lunes, 8 de agosto de 2016

Eleuterio sale del sueño.




Eleuterio sale del sueño y descubre sombras,
se despierta de una siesta que duró demasiado,
se despierta pero sigue cansado,
se despierta pero sigue dormido,
se despierta pero sigue soñando
que Santiago está cerca,
que la familia se junta,
que los hermanos se unen,
que el abrazo de los nietos lo pide
y que el trabajo,
ese trabajo que lo persigue
desde la infancia,
ha terminado.

Eleuterio busca el sol y no lo encuentra,
la noche azul acaricia los campos ya,
abre los ojos, parece alarmado:
piensa en el colectivo que no puede perder,
piensa en todas esas vidas que descansan en sus manos,
vidas que cuentan con él y esas manos
(manos tiernas, encallecidas, fuertes, generosas),
salta de la cama, junta sus cosas y apura la vuelta,
se apura pero aún sigue lejos,
se apura pero ya es muy tarde,
se apura pero el sueño es él.

Eleuterio camina a la vera de ruta quince,
a su paso los teros levantan el vuelo,
los perros suspenden el ladrido
y las vacas mugen llamando a sus terneros,
llega al refugio y enciende un Marlboro,
saluda a las estrellas, al silencio, al escenario vacío
y espera su colectivo hasta que yo despierto.

Eleuterio vuelve a casa
todo el tiempo, toda la vida, está volviendo,
a toda hora, en todo lugar:
vuelve al lugar del que nunca se ha ido
y seguirá volviendo hasta el día en que nos encontremos.

domingo, 7 de agosto de 2016

fuego de utilería.





movido por el ansia de sangre caliente,
hundí las manos en el fuego,
entregándome
-ya sin mediar resistencia-
al deseo
de arder como ellos ardían,
de ser parte de la galería:
me lancé de cabeza en la hoguera
y caí sobre ceniza tibia.

descubrí que los ojos mentían,
que la exposición mascaraba el vacío,
que la plenitud tomaba ansiolíticos,
que la soltura no conocía la luz del sol,
que la espontaneidad estaba guionada,
que los reinos eran de mimbre,
los diamantes falsificados,
la corona de cartón,
la espada de plástico,
los cortesanos a sueldo,
la risa y los aplausos grabados,
las encantadoras frases prestadas
y la sonrisa
asistida por fórceps.

descubrí
que el momento era la foto
y no a la inversa,
que lo fotogénico no siempre es veraz,
que la profundidad era un charco
y su reflejo algo turbio, sin correlato,
que la verdad se moría de hambre
y hacía mucho esperaba salir
escondida,
entre personas.

descubrí:
detrás de la barba no había hombres,
no había niños, no había nada
y al reverso de la postal
de mujeres estelares
empuñando gatos como cetros deificados
había arañazos
y hartazgo mutuo.

descubrí:
el universo que los acoge es una maqueta,
desaparece bajo mi toque,
se desvanece cuando me acerco,
es volátil,
delicuescente,
gelatinoso,

la falacia repta sinuosa junto a pies que no caminan,
junto a tobillos de niños que crecen sin desarrollo,
que comen pero no se alimentan,
prendidos a las pantallas
que vomitan engaño sobre los crédulos,
cosechando ojeras, hasta tarde,
tragando estímulos,

todo por miedo a desprogramarse,
a descubrirse, a mirar
quiénes son (somos)
sin filtros
ni retoques.




sábado, 6 de agosto de 2016

recaída.




la noche flota encima el barrio
pesada como un lamento,
dejando a su paso
la frescura y el sopor de sus caricias.

hay cientos de llaves girando,
produciendo un temible chasquido de "paz",
ventanas se cierran, adioses son dados,
y los amantes suspenden su juego de prende y apaga.

el día quiere terminar pero yo no lo dejo:
desnudo, nervioso y un tanto corrompido,
me arrodillo ante el monitor,
me lastimo los ojos y el cuore,
me sumerjo en las fotos de un paraíso
al que ya no puedo volver:

flores, sonrisas, uñas, zapatos,
pizza, paisajes, libros y gatos,
postales de una vida que se ensancha
bajo la lupa de la obsesión,
que se agrieta cuando me acerco,
que deslumbra cuando me voy.

acaricio la pantalla, qué mal flash:
el mambo tortuoso me atrapó de nuevo,
la rendición acumula clicks,
el orgullo se desvanece
y ella desfila sobre mi cara de nuevo,
rebosante de equilibrio,
de belleza, de objetivos,
de cosas que no dispongo.

siento mi mundo achicarse
con cada foto que pasa,
siento ese mundo aplastarme,
reduciéndome a nada,
pensé que no volvería
y acá estoy:
espiando por la cerradura,
siendo todo pálpito y saliva,
quemando las horas de sueño,
adorando en secreto a quien me desprecia,
tragando su brillo de luces distantes,
tragando su aparente plenitud inalcanzable,
tangando su fotogénica vida perfecta,
tragando su generosa ofrenda de migas.

los colores que irradia confunden,
su vivacidad repele y atrae,
contrasta con la telaraña
que el tiempo ha tejido en mis huesos
y yo la quedo hasta el filo de la mañana
colgado de una peligrosa fantasía,
craneando cómo,
de qué manera,
podré saltar ese muro,

no recordando aquello
que tantas veces me dije
y que nunca consigo grabarme:
con ella la muerte llegará antes que el olvido,
mejor empeñarse en anular los sentidos,
prestar lo que no tengo
y esperar
 
que el viento se lleve
lo que el viento trajo.