lunes, 8 de agosto de 2016

Eleuterio sale del sueño.




Eleuterio sale del sueño y descubre sombras,
se despierta de una siesta que duró demasiado,
se despierta pero sigue cansado,
se despierta pero sigue dormido,
se despierta pero sigue soñando
que Santiago está cerca,
que la familia se junta,
que los hermanos se unen,
que el abrazo de los nietos lo pide
y que el trabajo,
ese trabajo que lo persigue
desde la infancia,
ha terminado.

Eleuterio busca el sol y no lo encuentra,
la noche azul acaricia los campos ya,
abre los ojos, parece alarmado:
piensa en el colectivo que no puede perder,
piensa en todas esas vidas que descansan en sus manos,
vidas que cuentan con él y esas manos
(manos tiernas, encallecidas, fuertes, generosas),
salta de la cama, junta sus cosas y apura la vuelta,
se apura pero aún sigue lejos,
se apura pero ya es muy tarde,
se apura pero el sueño es él.

Eleuterio camina a la vera de ruta quince,
a su paso los teros levantan el vuelo,
los perros suspenden el ladrido
y las vacas mugen llamando a sus terneros,
llega al refugio y enciende un Marlboro,
saluda a las estrellas, al silencio, al escenario vacío
y espera su colectivo hasta que yo despierto.

Eleuterio vuelve a casa
todo el tiempo, toda la vida, está volviendo,
a toda hora, en todo lugar:
vuelve al lugar del que nunca se ha ido
y seguirá volviendo hasta el día en que nos encontremos.

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