domingo, 7 de agosto de 2016

fuego de utilería.





movido por el ansia de sangre caliente,
hundí las manos en el fuego,
entregándome
-ya sin mediar resistencia-
al deseo
de arder como ellos ardían,
de ser parte de la galería:
me lancé de cabeza en la hoguera
y caí sobre ceniza tibia.

descubrí que los ojos mentían,
que la exposición mascaraba el vacío,
que la plenitud tomaba ansiolíticos,
que la soltura no conocía la luz del sol,
que la espontaneidad estaba guionada,
que los reinos eran de mimbre,
los diamantes falsificados,
la corona de cartón,
la espada de plástico,
los cortesanos a sueldo,
la risa y los aplausos grabados,
las encantadoras frases prestadas
y la sonrisa
asistida por fórceps.

descubrí
que el momento era la foto
y no a la inversa,
que lo fotogénico no siempre es veraz,
que la profundidad era un charco
y su reflejo algo turbio, sin correlato,
que la verdad se moría de hambre
y hacía mucho esperaba salir
escondida,
entre personas.

descubrí:
detrás de la barba no había hombres,
no había niños, no había nada
y al reverso de la postal
de mujeres estelares
empuñando gatos como cetros deificados
había arañazos
y hartazgo mutuo.

descubrí:
el universo que los acoge es una maqueta,
desaparece bajo mi toque,
se desvanece cuando me acerco,
es volátil,
delicuescente,
gelatinoso,

la falacia repta sinuosa junto a pies que no caminan,
junto a tobillos de niños que crecen sin desarrollo,
que comen pero no se alimentan,
prendidos a las pantallas
que vomitan engaño sobre los crédulos,
cosechando ojeras, hasta tarde,
tragando estímulos,

todo por miedo a desprogramarse,
a descubrirse, a mirar
quiénes son (somos)
sin filtros
ni retoques.




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