martes, 27 de septiembre de 2016

ruta provincial número 88.



Pablo y Eleuterio corren por la ruta, de madrugada,
todo es calor, grillos y negrura,
van detrás de un posible alguien
que le vieron un parecido,
kilómetros atrás, por la ventana
del colectivo.

Pablo y Eleuterio discutieron con el chofer,
despertaron a los pasajeros,
comprometieron al personal,
y la negociación siguió entre gritos
hasta que Eleuterio dijo algo sobre padres e hijos
y el tipo finalmente se ablandó
y el micro paró en el medio de la nada
y adiós y buena suerte:
Pablo y Eleuterio se encontraron solos
corriendo a través de la noche,
buscando entre sombras y espejismos
a un imposible alguien
que se aleja de ellos, que no los espera.

Los minutos son dolorosos
cuando se corre por la ruta, de madrugada,
el pecho agitado se arrepiente
de tanto atado desatado y consumido,
se va quedando atrás, rezagado,
la tos que le llega a Pablo
lo hace dudar
de lo que vieron,
de si lo vieron o no,
de si querían verlo con tantas ganas
que lo imaginaron,
de si alcanza o es probable
apenas un chorro de luz
barriendo la noche
la mitad de un segundo
para distinguir
a un posible alguien
(que capaz que si
pero capaz que no
y qué problema si es no).

Eleuterio cae, Pablo sigue,
corre por la ruta gritando,
no parece un loco
porque no hay nadie más
que diga "mirá a ese loco gritando",
todo es calor, grillos y negrura
en el gran campo argentino
y ese posible alguien responde, a lo lejos,
con una pregunta que es afirmación
de un lazo que se tensa
pero nunca se corta.

Ese posible alguien es:
Pablo y Eleuterio lo abrazan (imagino),
los tres se ríen y suspiran  (imagino),
alguno llora (tal vez),
la mitad del problema está resuelto,
la otra ya veremos,
ninguno de ellos cree en milagros,
ni siquiera después
de haber hecho uno. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

dudoso.



más que nada por las dudas,
me fui a pique antes de la tormenta,
anticipándome, irremediablemente,
a una desafortunada posibilidad,
volviéndola destino,
certeza, objetivo,
razón de ser,
después junté los restos del naufragio
y fabriqué una cruz de madera
para que a nadie se le olvide
dónde resucitó el no nacido.  

los años garantizan vejez, no aprendizaje:
la máscara se hizo costumbre,
mecanismo, deporte, necesidad,
el simulacro venció a la amenaza,
la impostura conquistó al interprete
y ahora soy el silencio
presionando los labios de la no justicia
la pausa entre la vida y la muerte,
la mentira.

delante de la máscara
encontraran la verdad:
el llanto que hice palabras
sacó a flote un tesoro
pero la impenetrable esencia se ha hundido
en un remolino de voces que no son la mía.


martes, 20 de septiembre de 2016

la chica huesos de merengue.



Mi piel es una pálida llaga inmensa
que no soporta caricias,
que nunca probó ternura,
que todo el tiempo trae pena
desde adentro hacia fuera
y a la inversa
también,
cuando el viento sopla me lastima,
en la orilla, cuando sopla
y empuja,
cansado, sin fuerza,
llevándose los días detrás del mar.

Mi pelo baila sin gracia,
traído en manos del viento,
llevado en manos del viento,
se hamaca sobre mi cara,
ceniciento y fino,
contradiciendo el vaivén de las olas,
saboreando un poquito de libertad
antes de caer,
pesado con pies de plomo,
hasta el fondo
del océano.

Mi carne hambrienta se queja
del frío y de la mentira,
de la vergüenza y la negación,
de mis huesos como de merengue
que se quiebran y sueldan
a voluntad de un Dios bobo,
caprichoso y desconfiado,
que llama sin descanso
a gente que no necesita
para cosas que si pueden esperar
otro día, otra vida, otra eternidad.

Mis brazos cuelgan como dos ahorcados
a cada lado de mi cintura,
mis piernas hinchadas pasean
descalzas por estas playas
y el viento
borra mis huellas y me lastima
cuando sopla.

El vestido que eligió mamá
me aprieta, me asfixia, me pesa,
yo no pedí esta herencia,
que viene conmigo a donde vaya
como cadenas, como apellidos, como un murmullo,
como la buena y la mala fama
que acompaña mi errar.

Te veo
tan claro como la primera estrella,
la noche se abrió como una ventana
y entraste en mis sueños,
mi boca rompe su mutismo de años para llamarte,
para pedirte
un poco de eso que todos buscan
y no todos llegan a encontrar:
que la beses, que me abraces, que me entiendas,
que me acompañes cuando yo lo quiera,
que te entregues sin guardarte nada
y que desaparezcas
justo antes de volverte necesario,
que la despedida no duela tanto
como ha dolido esta espera.