martes, 20 de septiembre de 2016

la chica huesos de merengue.



Mi piel es una pálida llaga inmensa
que no soporta caricias,
que nunca probó ternura,
que todo el tiempo trae pena
desde adentro hacia fuera
y a la inversa
también,
cuando el viento sopla me lastima,
en la orilla, cuando sopla
y empuja,
cansado, sin fuerza,
llevándose los días detrás del mar.

Mi pelo baila sin gracia,
traído en manos del viento,
llevado en manos del viento,
se hamaca sobre mi cara,
ceniciento y fino,
contradiciendo el vaivén de las olas,
saboreando un poquito de libertad
antes de caer,
pesado con pies de plomo,
hasta el fondo
del océano.

Mi carne hambrienta se queja
del frío y de la mentira,
de la vergüenza y la negación,
de mis huesos como de merengue
que se quiebran y sueldan
a voluntad de un Dios bobo,
caprichoso y desconfiado,
que llama sin descanso
a gente que no necesita
para cosas que si pueden esperar
otro día, otra vida, otra eternidad.

Mis brazos cuelgan como dos ahorcados
a cada lado de mi cintura,
mis piernas hinchadas pasean
descalzas por estas playas
y el viento
borra mis huellas y me lastima
cuando sopla.

El vestido que eligió mamá
me aprieta, me asfixia, me pesa,
yo no pedí esta herencia,
que viene conmigo a donde vaya
como cadenas, como apellidos, como un murmullo,
como la buena y la mala fama
que acompaña mi errar.

Te veo
tan claro como la primera estrella,
la noche se abrió como una ventana
y entraste en mis sueños,
mi boca rompe su mutismo de años para llamarte,
para pedirte
un poco de eso que todos buscan
y no todos llegan a encontrar:
que la beses, que me abraces, que me entiendas,
que me acompañes cuando yo lo quiera,
que te entregues sin guardarte nada
y que desaparezcas
justo antes de volverte necesario,
que la despedida no duela tanto
como ha dolido esta espera.


4 comentarios: