lunes, 7 de noviembre de 2016

interacción.




todo lo construido sobre amor propio y madurez
desaparece con un solo mensaje de texto,
dieciocho meses de fatídica introspección 
resultan estériles, poquitos, pijoteros,
una versión polifónica de satisfaction
me anuncia el regreso de alguien que nunca se ha ido,
que no necesitó estar para ser presencia constante,
que no aprendí cómo dejar ir.

un emblemático sobre amarillo
amenaza con llevarse puesta mi tranquilidad,
abro el mensaje, devoro su contenido;
interpreto sin reparar demasiado en lo que dice,
constato motivaciones e inquietudes
asolapados bajo la superficie del palabrerío
y me maravillo
por una nota (desconocida hasta hoy)
de sumisión en el tono general de referencia,
concluyo una rápida
tal vez errónea
voluntad de regenerar
el vinculo diezmado por un sinfín de otredades.

me preguntó
¿por qué tuvieron que transcurrir tantos meses de silencio
para que una palabra amorosa germine de ellos?

y salgo
atolondrado y vehemente
hacia a su encuentro,
esperando encontrar en ella alguna respuesta.


cuando llego es de noche y todos duermen,
me saluda y hablamos a través de la reja,
ella no se decide a salir, yo no me animo a entrar,
el barrio nos escucha cuchicheando (de nuevo),
hasta que una palabra mágica abre la puerta
y nos sentamos en un cantero, bajo la sombra,
el roce de nuestras piernas me alarma y alivia,
me gana el brillo de un rojo esmalte en sus pies desnudos,
me atrae, me doblega, me pierde,
ella no tarda en pisarme como en un descuido,
presionando secretos botones de lividez
y mientras tanto la charla sigue:
resumir dieciocho meses nunca fue tan fácil,
sólo hay que forzarse a decir lo que sea
evitar mencionar que todo ese tiempo estuve pensándola,
deseándola, detestándola, perdonándola,
tentándola, extrañándola, queriéndola
y hasta amagué con olvidarla
y hasta llegué a persuadirme de que tal cosa era posible,
volviéndome tan engañoso como ella.

los dieciocho meses que hubo en el medio
empiezan a resultarme interesantes,
la charla palidece
pero los pies están ahí
incitándome a bordear la locura
con su tentador brillo de lujuria carmesí,
quiero tragarme cada uno de sus dedos,
lamerlos desfrenada, detenidamente,
dándole a cada uno un caliente baño de saliva,
ella insiste por otros carriles,
propone jugar a mirarnos, aguantando la risa,
desoigo y me lanzo a teclear los dedos,
a experimentar finalmente
lo que tantas veces postergo la moderación,
recorro cada falange
redefiniendo nuevas regiones
estimulantes para los pálpitos
y las pulsiones,
las piernas entran en erupción,
detengo el ritmo,
inicio un lento asenso hacia los tobillos
y ella me frena,
pone una excusa para disimular que está sofocada,
se despide, alborotada,
tal vez temerosa del mutuo descubrimiento,
tal vez asqueada o inquisitiva.

la tregua se corta esa misma noche,
ninguno es el mismo después de esa vez,
ninguno resultó lo que el otro esperaba,
ninguno quería ser un juguete para el otro.

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