viernes, 25 de noviembre de 2016

tormentas y elefantes.



bajábamos de la montaña y se hacía interminable,
cargando pesadas cruces
que otros clavaron en nuestras espaldas,
después de haber escuchado
desconocidos hablar a través de voces queridas
exigiéndonos respuestas que ellos no tenían
y cuya carencia no se nos perdonaba.

bajábamos de la montaña y todo estaba cambiando:
el barrio, la gente, el futuro,
era como en el final de "cuenta conmigo"
sólo que no habíamos visto ningún cadáver
y que tampoco hubo sanguijuelas metidas en nuestros calzones,
los lazos también eran otros:
algunos volvieron debilitados
y se deshicieron con la primera brisa del otoño,
muy pocos robustecieron
pero después fueron capaces de balancear tormentas y elefantes.

bajábamos de la montaña y era la última vez,
el desbande sería definitivo al finalizar la bajada,
era como en el capítulo final de Okupas,
(que dice mi amigo "es igual al del Martín Fierro")
sólo que nadie había muerto
y que tampoco llovía
y que faltaba Mick Jagger cantando "My Girl",
la crisis se llevó puesta todas nuestras convicciones,
había duelos que hacer,
decisiones que madurar,
silencios que masticar,
lo próximo sería construir una nueva armadura
que no dejase al gesto humano filtrarse
y contaminar nuestro prestigioso sistema de ideas.

bajábamos de la montaña, personificábamos la derrota:
lo precario de nuestras alas no resistió la altura,
era como en el mito de Ícaro,
nada más que mi viejo ya estaba muerto
y que me hubiera gustado tenerlo a él y su consejo
aunque fuera sólo para desoírlo,
el viento se llevaba las plumas
y nosotros tastabillábamos al filo del precipicio,
una hilera serpenteante de almas en pena,
una procesión de caras largas
que se acentuaba con el descenso
y que no encontraría descanso
hasta desatar el nudo
que un genio maligno
–especialista de la cabuyería dramática–
le había hecho a nuestras cabezas.  

bajábamos de la montaña y era muy loco
porque no me acordaba que hubiésemos subido a una
pero si me acuerdo de un pescado
que con el anzuelo saliéndole de la bocota nos reprochaba
"¿cómo puede ser que no sepan volar?".




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