martes, 1 de noviembre de 2016

un homenaje a los pibes.



 cierro los ojos para escuchar mejor,
quiero llevarme este momento a donde sea que vaya,
prendido de la piel como imperecedero abrojo,
guardarlo en un bolsillo del alma,
fabricarme un recuerdo luminoso con sus detalles,
recordarlo mejor de lo que ha sido,
embellecerlo contándolo mil veces,
hacerlo canción:

amigos con el mismo plan en un día soleado,
una marcha de pisadas traqueteando tierra seca
y un pedacito de playa al final del camino,
canciones y flores en la garganta de todos,
la panza llena pero ansiosa de mate,
la evocación continua de un nosotros hermético,
la risotada, el fantaseo, los desacuerdos,
los duelos, la confianza, el punto débil,
una intimidad colectiva fomentada por años, 
un lazo capaz de columpiar tempestades.

el viento silba su pena entre los cañaverales,
todos los sapos del mundo están cantando en el zanjón,
la caminata se abre paso entre cardales y chatarra,
atravesando el verdor
casi interminable
de las afueras berissenses,
alejándonos de la ruta quince, del aburrimiento, de volver a casa,
de todo aquello que dejamos momentáneamente en suspenso:
trabajos, relaciones y carreras
que nos hacen pensar mucho
 y pensar mal.

sigo caminando con los ojos cerrados,
escucho la risa de mis amigos,
no se puede mejorar lo que ya es perfecto.

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