domingo, 11 de diciembre de 2016

qué hacer con Bukowski?




Al principio pensé regalarlo,
entregárselo todo al primero que me lo pidiera
pero tuve miedo del contagio,
de la propagación,
de que alguien más se enamorara
de su estilo pugilístico,
de su mirada sobre las mujeres,
de que más y más quisieran imitarlo,
robarlo, plagiarlo.

Tuve miedo que Berisso se llenara de malditos poetas,
borrachos delante de una máquina de escribir,
vanagloriándose de giladas:
de trabajos de mierda,
de virulencia sexual,
de esa apatía que era una cosa en los 60
y que hoy es el mejor argumento
de una parasitaria comodidad posmo.

Venderlo sería peor
porque no sólo estaría divulgando su obra
si no que también estaría sacando rédito por ello
y aunque la idea de costearme
uno de Anne Sexton
o de Sylvia Plath
a expensas del viejo indecente
resultaba tentadora,
la posta es que esa de ponerle un precio a todo
ya me traía cansado desde mucho antes de marzo 2016.

Después quise tirarlo a la basura,
dejarle mi problema a los del camión recolector,
tercerizar la responsabilidad
pero a ellos también les picaría el bichito,
podrían leerlo, regalarlo o venderlo,
más de ninguna manera
tendría Bukowski su merecido.

Por último, se me ocurrió prenderlo fuego
-solución a la que el trabajo en la funeraria
me venía acostumbrando-,
reducir a Hank a cenizas,
derrotarlo al fin
y aunque el cuadro resultaba pintoresco
tenía olor a totalitario,
un perfume nazi emanaba de este plan
y yo no quería ser como esos tipos de Santiago,
no quería una pila enorme de libros ardiendo
mientras que yo sonreía detrás de una espesa columna de humo;
no quería ser como ellos
que no supieron hacer otra cosa con los libros,
que los quemaron para calentarse el pecho,
que tenían agua corriendo por las venas,
que la historia rebautizó
por las armas que empuñaban:
carabineros,
delincuentes uniformados
sirviendo a intereses de delincuentes trajeados,
representantes de grandes consorcios delictivos
que rigen al mundo.

Entonces, llegó el otoño
y en la esquina de mi casa
los vecinos quemaban pilas de hojas muertas en la esquina
y yo todavía no había resuelto
qué hacer con Bukowski,
si regalarlo, venderlo, tirarlo
o quemar sus hojas como el producto de un tiempo pasado
y ya sé
que hay que entenderlo
como un "hombre de su tiempo",
yo también soy alguien de mi tiempo
y quiero nuevos poetas,
nuevas canciones,
nuevos artistas
que me salven la vida
y ya no me interesa la vigencia de los anteriores
desde que una puerta se abrió
y barrió para siempre lo que fuimos,
lo que somos,
lo que queremos ser.

El ejercicio es diario y agotador,
descubrirse puede ser doloroso
pero el dolor también hermana
y es necesario estar hermanadas
mientras desacostumbro
discursos, prácticas y vínculos,
mientras me renuevo
y cambio de hojas.

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