martes, 31 de enero de 2017

si hacerla un cuadro fuera posible



empezaría por la oscura melena
hamacada en furiosos vaivenes,
derramándose por el cauce de las vertebras
hasta caer encima de la estrecha cintura;
seguiría el perfil macizo
con la prolongada llanura de la frente,
la ceja boscosa
y los grandes ojos marrones,
centelleantes y vivarachos,
como tigres enjaulados;
continuaría saltando desde el mentón pronunciando
sobre los diminutos montículos de su pecho
tímidamente insinuados
bajo la remera de cuello redondo
y escaparía por la vertiente de sus brazos
hasta llegar a las manos huesudas
que se aferran a la ventana
de la lancha Ciudad de Berisso
sosteniendo el peso de su cuerpo ladeado
por el agobio o el aburrimiento.

Después le pondría el fondo
de tupida vegetación,
de agua parda y cielo desnudo,
de barcos hundidos
y el collage de pasajeros:
los pescadores resacosos,
las viejas recontra bronceadas,
las populosas familias de inmigrantes
con las criaturas cabeceando de sueño
en brazos de matronas dormidas,
las parejas desamoradas por la calor
y a lo último
-y muy a pesar mío-
la nada intrépida mano del novio
que le acaricia la espalda
con mecánicos movimientos desalmados
y hasta incluiría al monolítico hermano caracúlico
que custodia su flanco izquierdo

y la enmarcaría en una sonrisa
que ningún decreto macrista pueda borrar.

jueves, 26 de enero de 2017

la parte fea de ser un bander-log.



La primera vez que me sentí perdidamente solo
estaba con mis hermanos,
era un perfecto día menemista
de asado comprado con luncheon checks,
y el viejo protestando que nadie hacía la sobremesa,
habíamos ido de safari a "las casas abandonadas"
con los bolsillos llenos de piedras,
decididos a invertir nuestro tiempo libre destruyendo:
cascoteamos cotorras,
cascoteamos panales,
cascoteamos ventanas
y eventualmente
terminamos cascoteándonos entre nosotros
también escupimos y meamos y pintamos con aerosol
todas las paredes que encontramos,
revisamos cajones y alacenas vacíos,
encontramos fotos descoloridas y arrugadas,
espiamos la cerradura de vidas muy lejanas,
después nos trepamos a la cisterna
que era como la cereza de nuestro raid anarco
y asomamos la cabeza por la tapa
y adentro no se veía un carajo
y alguien tiró que era buena idea meternos
y a mí me bajaron primero
(nadie me preguntó si quería bajar,
sólo me bajaron)
y adentro el aire era denso
y las paredes estaban llenas de garabatos de pijas
y en los rincones charcos de orina,
telarañas y mierda
como una guarida de Shere Khan
y nadie más bajó,
lo cual me asustó un poquito
y empeoró cuando miré arriba
y por la tapa descubierta al cielo
vi desparecer,
una por una,
la cara de mis hermanos
y escuché
su risa alejándose
hasta que sólo quedó el viento
soplando a través de las hojas
de los altísimos eucaliptos
y la muerte salió de las grietas
y se abalanzó sobre mí,
y la sentí tocándome los pies,
agarrándose de mis tobillos,
subiéndose a mis rodillas,
trepándose hasta mis hombros,
tragándome por completo
antes de que llegara a gritar
y estuve treinta años como un barco hundido
en el fondo de ese estanque de mierda
meditando las palabras que diría
el día que volvieran a sacarme,
treinta años pasaron
de una infancia que se estira y se deforma
de manera indefinida
posiblemente hacia la eternidad.


jueves, 19 de enero de 2017

un recuerdo muy caro.



Dijiste
que vos también
estabas muy bajoneada por todo,
que en tu casa no había entrado el agua
pero que a unos vecinos sí,
lo mismo a unos parientes, en La Plata,
que a la tarde pasó gente pidiendo por tu barrio,
que te asustaste y no abriste la puerta,
que eso te hizo sentir peor,
que juntaste dos bolsos grandes de ropa
y un bidón de agua
y lo llevaste hasta uno de los centros de acopio,
que no sabías qué más podías hacer
y que
–si bien la idea de viajar en bondi hasta Retiro
y de ahí en tren hasta 3 de Febrero
se te hacía recontra pesada–
sabías que la íbamos a pasar de lujo,
que no nos íbamos a arrepentir
y tenías razón.

Yo te conté lo que había visto
desde el colectivo
yendo a la casa de 29:
las pilas y pilas y pilas
de muebles, de colchones y de ropa arruinados
que la gente sacaba a la rambla de 60,
que el chofer llegó hasta plaza Irigoyen
y tuvo que dar la vuelta,
que todos parecían partidos al medio
mientras baldeaban las veredas
y desagotaban la tragedia
que la inundación había filtrado
dentro de sus hogares
y que en la casa de 29
las cosas no estaban mejor,
que Fede había llegado a la madrugada
y se encontró a la perra subida a una mesa del galpón
temblando de miedo
y que el bajo de Jorge estaba flotando en el pasillo
y que el olor era un asco
y tenía razón
la hermosa casa de 29 olía a ratas ahogadas
y en el patio del fondo,
sobre una cama de dos plazas,
había miles de fotos
descoloridas y retorcidas por la humedad,
la historia de una familia diluida
por la especulación inmobiliaria,
la negligencia estatal
y la voracidad del sector privado,
y estaba Franco desarmando los equipos
y tirándoles aire caliente con un secador,
diciendo "y qué vamos a hacer, ya está"
tratando de reírse
de alguna manera
...
y hasta reproduje para vos
cada detalle
de cuando fuimos al barrio Los Tobas
a llevar agua y alimentos para los evacuados
y la señora gorda forcejeando a las puteadas
por un paquete más de fideos
y cómo yo había llorado
cuando volví a casa

y vos dijiste que lo entendías,
que también te sentías mal
pero que
si lo hacíamos
no nos íbamos a arrepentir
y tenías razón
pero al final no fuimos
y así fue
como nos perdimos a Regina Spektor en Geba.