jueves, 26 de enero de 2017

la parte fea de ser un bander-log.



La primera vez que me sentí perdidamente solo
estaba con mis hermanos,
era un perfecto día menemista
de asado comprado con luncheon checks,
y el viejo protestando que nadie hacía la sobremesa,
habíamos ido de safari a "las casas abandonadas"
con los bolsillos llenos de piedras,
decididos a invertir nuestro tiempo libre destruyendo:
cascoteamos cotorras,
cascoteamos panales,
cascoteamos ventanas
y eventualmente
terminamos cascoteándonos entre nosotros
también escupimos y meamos y pintamos con aerosol
todas las paredes que encontramos,
revisamos cajones y alacenas vacíos,
encontramos fotos descoloridas y arrugadas,
espiamos la cerradura de vidas muy lejanas,
después nos trepamos a la cisterna
que era como la cereza de nuestro raid anarco
y asomamos la cabeza por la tapa
y adentro no se veía un carajo
y alguien tiró que era buena idea meternos
y a mí me bajaron primero
(nadie me preguntó si quería bajar,
sólo me bajaron)
y adentro el aire era denso
y las paredes estaban llenas de garabatos de pijas
y en los rincones charcos de orina,
telarañas y mierda
como una guarida de Shere Khan
y nadie más bajó,
lo cual me asustó un poquito
y empeoró cuando miré arriba
y por la tapa descubierta al cielo
vi desparecer,
una por una,
la cara de mis hermanos
y escuché
su risa alejándose
hasta que sólo quedó el viento
soplando a través de las hojas
de los altísimos eucaliptos
y la muerte salió de las grietas
y se abalanzó sobre mí,
y la sentí tocándome los pies,
agarrándose de mis tobillos,
subiéndose a mis rodillas,
trepándose hasta mis hombros,
tragándome por completo
antes de que llegara a gritar
y estuve treinta años como un barco hundido
en el fondo de ese estanque de mierda
meditando las palabras que diría
el día que volvieran a sacarme,
treinta años pasaron
de una infancia que se estira y se deforma
de manera indefinida
posiblemente hacia la eternidad.


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