martes, 31 de enero de 2017

si hacerla un cuadro fuera posible



empezaría por la oscura melena
hamacada en furiosos vaivenes,
derramándose por el cauce de las vertebras
hasta caer encima de la estrecha cintura;
seguiría el perfil macizo
con la prolongada llanura de la frente,
la ceja boscosa
y los grandes ojos marrones,
centelleantes y vivarachos,
como tigres enjaulados;
continuaría saltando desde el mentón pronunciando
sobre los diminutos montículos de su pecho
tímidamente insinuados
bajo la remera de cuello redondo
y escaparía por la vertiente de sus brazos
hasta llegar a las manos huesudas
que se aferran a la ventana
de la lancha Ciudad de Berisso
sosteniendo el peso de su cuerpo ladeado
por el agobio o el aburrimiento.

Después le pondría el fondo
de tupida vegetación,
de agua parda y cielo desnudo,
de barcos hundidos
y el collage de pasajeros:
los pescadores resacosos,
las viejas recontra bronceadas,
las populosas familias de inmigrantes
con las criaturas cabeceando de sueño
en brazos de matronas dormidas,
las parejas desamoradas por la calor
y a lo último
-y muy a pesar mío-
la nada intrépida mano del novio
que le acaricia la espalda
con mecánicos movimientos desalmados
y hasta incluiría al monolítico hermano caracúlico
que custodia su flanco izquierdo

y la enmarcaría en una sonrisa
que ningún decreto macrista pueda borrar.

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