sábado, 25 de febrero de 2017

la siesta del Maverick.


Dicen que cuando te morís y bajás al infierno, se escucha un coro de chicharras cantando que, como una suerte de obertura, anuncian lo que te espera al otro lado de las puertas que custodia Cancerbero. Lo que nadie dice es que esas chicharras son reclutadas casi de manera exclusiva en la región santiagueña del norte argentino. Ninguna otra puede superar la perturbadora estridencia de su canto a la hora de la siesta. Fue uno de estos bichejos convocando hembras lo que despabiló a Eleuterio del peligroso cabeceo que lo estaba ganando en plena jornada laboral. Eleuterio levantó la vista y encontró al burro Talquiño tendido a una distancia prudente de los choclos, asediado por las moscas, cocinándose mansamente bajo el sol de la tarde. El trabajo consistía en vigilar que el burro no se comiera la plantación, si Eleuterio cumplía, don Maurilio le daba dos o tres choclos en forma de pago.
            Ese día de febrero en particular, la cosa estaba bastante difícil de sobrellevar, para empezar, extrañaba la compañía de Florcito, su madre lo había tenido que ahorcar después de que el perro se escapara y se comiera una de las gallinas del vecino. Eleuterio había llorado a mares el sacrificio de su mascota, si hasta creía que Florcito aullaba pidiendo que lo salvara mientras lo ahorcaban con un cinturón. Apenas había pasado una semana desde entonces y el vacío de esa ausencia estaba presente en todo momento. El agravante era la falta de compasión climatológica, Villa Atamisqui puede ser un desierto de lo más hostil pasado el mediodía, cuando los rayos solares caen como napalm sobre el monte, fulminando los techos de paja de los caseríos de adobe y toda la gente hace la siesta, no por cansancio, no por flojera, sino porque no existe otra actividad capaz de realizarse bajo tales circunstancias, y mejor que sea una de esas siestas bien quietitas, porque si te movés demasiado los ríos de sudor van a empezar a fluir desde abajo de tu piel hacia afuera y aquello sólo excitará y atraerá a los tábanos y espantar a los tábanos sólo conducirá a más y más calor, a más y más sudor, a más y más tábanos. Los pantalones de Eleuterio no lo ayudaban en nada, tenían un cuadriculado horrendo, eran calurosos, picaban y le habían salido caros en más de un sentido: esa misma mañana, antes de ir a lo de don Maurillo, su madre le había puesto los benditos pantalones nuevos para caminar los casi diez kilómetros que separaban su rancho de la escuela y presentarse a rendir una de las materias adeudadas que lo retenían aún en quinto grado. La cuestión es que el maestro nuevo no tuvo mejor idea que señalar los pantalones a cuadros, diciendo que se parecían mucho a los de uno de los vaqueros estafadores que protagonizaban Maverick:
            –Adelante, Maverick –le dijo, y toda el aula estalló de risa, y Eleuterio se puso rojo por completo, su cara, su narizota y las grandes orejas enrojecieron de inmediato, y en el examen le fue mal, y todavía no sabía cómo carajo se lo iba a explicar a la vieja. Ella, que no tenía marido y trabajaba changueando, que gastó hasta lo que tenía para comprarle esos pantalones, que debían causar una buena impresión a sus tutores y que al final lo habían ridiculizado. Porteño de mierda, ¿para esto se había venido al interior, para burlarse de sus alumnos? Y encima ninguno de esos pajeros que se rieron sabía quién era Maverick, y él tampoco, se enteraron después cuando el tipo lo explico. Dijo que era una familia de tahúres -tampoco nadie sabía qué era un tahúr, eso lo tuvo que explicar también- que se valían del ingenio para ganar plata y zafar de los tiros en el lejano oeste, o sea que eran unos cowboys medio mantequita, ni siquiera tenían los pantalones suficientes como para batirse en un duelo... ¡por eso vestían esos pantalones amanerados!
            Eleuterio sintió que el cansancio lo envolvía en un abrazo irresistible, enseguida sacudió la cabeza y paseó la mirada por el fondo del rancho de don Maurillo: el burro, los choclos y la letrina seguían estando ahí donde los había dejado, más atrás la tierra parda calcinada de sol, el majestuoso quebracho en la cima de una loma, extendiendo sus brazos leñosos al cielo, y una serie de talares desparramos por acá y por allá. Prendido a la enramada de alguna tala, la chicharra seguía haciendo vibrar su caja torácica, invitando compañeras a la copula. Si todo lo demás había salido desastroso hoy, al menos iba a intentar que esto saliera bien. Los pantalones no lo dejaban pensar, le recordaban a Maverick, a las burlas, y a su madre. Trató de no pensar en la cara que le iba a poner cuando él le contara que había desaprobado. Quería olvidarse cómo era esa cara, bronceada por la despiadada geografía santiagueña, surcada por la viruela, cargada de historias tristes, de soledad, de cansancio, iluminada rara vez por una sonrisa que cada día costaba más recordar cómo era. ¿Y la cara del padre, cómo era, la había visto alguna vez, y qué diría el padre si supiera que iba a repetir? No diría nada, pensó, porque ese no daba la cara, se había borrado inmediatamente después de preñarla y ahí en las casas todos sabían quién era el padre de Eleuterio, hasta se lo habían dicho: "tu papá es el viejo Dialina el guitarrero, si tenés su misma nariz y todo". Y ese todo era nada. Y ese viejo era un cobarde. Y algún día, él tendría el valor de enfrentarlo, de mirarlo a la cara y decírselo. Pero ese día se alejaba, y junto con él, la sonrisa de la vieja, que ya le parecía algo inventado mientras las semanas carcomían las paredes del rancho y ese choclo se iba convirtiendo casi en el único alimento que tenían.
            A veces, a Eleuterio le parecía que él también se quedaba sin sonrisa, la última vez que se sintió feliz fue cuando le cambió a su medio hermano Cirilo la guitarra de juguete que le habían traído los de la fundación desde Buenos Aires, a Cirilo le habían traído una pelota y como Eleuterio despreciaba la música, porque le recordaba a su padre, propuso un trueque mano a mano al que Cirilo accedió gustoso. Pero de eso habían pasado ya cuántos años. Todo se había vuelto lejano y confuso ahora.
            Por allá, Eleuterio escuchó el llanto lastimero de un perro. Al principio no supo si era eso o el trinar de un cacuy pero el llanto volvió a repetirse con mayor nitidez y cercanía, era un llanto mezcla de angustia y desconsuelo, parecía, ¿era?, si, no cabían dudas, era la voz del Florcito, Eleuterio no había podido salvarlo de la horca. Ese llanto había vuelto ahora para torturarlo por ser un cobarde, por vestir esos pantalones de tahúr cobarde, por ser un cobarde que no enfrentaba a su padre, por ser un cobarde como su padre. El llanto se fue estirando hasta adquirir contorno de risa burlona, podía sentirlo acercarse entre los tallos de la plantación como una lampalagua famélica que lo buscaba a él, silbando la melodía de "Tonada de un viejo amor", Eleuterio no pudo distinguir si era el padre que lo había negado, el perro que jamás lo perdonaría o el maestro que lo había humillado, eso que venía a ponerle fin a su corta vida de cobardía, dio un salto para atrás y pegó un grito de terror, avergonzado, descubrió que había estado soñando, o casi, allá entre los choclos el burro Talquiño se estaba dando una panzada. Eleuterio corrió hacia la plantación pensando que era mejor ser un Maverick antes que un Dialina. 

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