miércoles, 26 de abril de 2017

5261.



la casa tenía ganas de irse
a la mierda
desde hace rato,
si no cómo te explicás lo que pasó,
que vino la niebla una madrugada,
le dijo algo al oído
y enseguida se desató los cimientos
de tubería y cableado
como si fueran los cordones de una zapatilla
y se fue corriendo descalza por el monte
para el lado del río
hasta llegar la orilla
donde se tiró un clavado olímpico
en las aguas verdosas del Plata
y se dejó llevar por la corriente,
¿dueña de una voluntad tan volátil iba a ser?
a mí
la cama no me dejaba dormir,
me aguijoneaba con todo tipo preguntas sobre el futuro,
qué piola ella, si yo tampoco sabía a dónde estábamos yendo,
ni qué iba a pasar cuando llegásemos
ni cuál era el plan de contingencia
para este tipo de situaciones, tan particulares,
agarré y me puse un cangurito
y crucé el pasillo tambaleándome
como si fuera un borra encaminado hacia la barra del Favero,
buscando birra o algo en el barro
o una borrasca en la borra del café
que terminé
sosteniendo la taza entre las dos manos
porque hacía frío,
espiando por la cortina hacia fuera
viendo una flota de barcos navegar hacia el horizonte
pesqueros arponeando vida inocente en aguas contaminadas,
tendiendo redes de trata en el océano como en la tierra, amén,
ahí me acordé
que te había dejado acostada,
tapada hasta las narices
con esa cara de enojada que ponés
a veces cuando tenés mucho trabajo
y siempre tenés mucho trabajo
pero nunca alcanza para ir de vacaciones
o para elegir a quién no le cortás el pelo
o siquiera para ir a Niceto a ver a Mimí
-cuentas pendientes
que ya no quiero seguir anotándonos
porque tantas aspiraciones
pequeñoburguesa
también agotan-,
quise que siguieras durmiendo
y no te despertaras hasta encallar
o rolar
o anclar
o lo que fuese,
me perseguí,
de repente vislumbré que sostener la calma
y desplegar el silencio encima de la casa
como un sobretecho Coleman naranja
eran mis únicos dos objetivos en lo inmediato:
apagué teléfonos,
desmantelé relojes,
acuné a los perros entre mis brazos,
les susurré el arrorró mi niño, arrorró mi can,
me sumergí en la complicada mente de mamá
y domestiqué a cada uno de los fantasmas
que la hacían hablar dormida,
espanté el recuerdo de mi viejo y mi hermano
que tantos problemas me traían de noche,
desconecté la computadora
que emitió una diminuta plegaría
antes de cerrar sesión,
apacigüé los vientos
contándoles "que la pasaban mal en las barriadas
cuando ellos soplaban y traían tormentas
que mojaban la dignidad que aún no se habían robado
los empresarios puñeteros que son los mismos
que hicieron malabares constitucionales
para edificar sin consultar ni prevenir,
que regatearon silencios políticos
a fuerza de palos verdes por acá,
y de los otros allá en la calle
y que se callen todes,
si el agua sube
hay helicópteros dispuestos en azoteas
que no podrán bajar ni los dioses,
que no alcanzarán las piedras de todas las gomeras
de todas las puebladas del mundo,
ni los tentáculos de la justicia
ni los rasguidos de Dylan en la guitarra
ni la caída de los pilares de esta mentira,
por favor, vientos, no soplen
que la rabia no está organizada todavía,
que a este circo le quedan algunos payasos,
para entretenernos
antes que las fieras inicien su estampida
y los últimos indecisos de la audiencia
se sumen a la revuelta",
después
salté por la ventana y aterricé en el jardín,
con un zapato en la mano fui
de una maseta a la otra
buscando al grillo que trinaba
para hacerlo puré,
machacando el pasto
como un demente detrás de ilusiones auditivas
pero cuando empezaron a llover campanas
decidí que todo mi esfuerzo era inútil
y me volví de nuevo a la cama.

 https://www.youtube.com/watch?v=6kVfnIuKDjM&feature=youtu.be


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