martes, 4 de abril de 2017

Los Alerces, un poema.


Caemos en Los Alerces el mismo año que lo invaden las ratas,
ni el tipo de la agencia de turismo
ni el chofer del colectivo
ni la guardaparques que nos cobra el ingreso
mencionan a los roedores,
eso lo descubrimos después
por cuenta propia,
el proceso de inducción deductiva
es más o menos así:
somos los únicos que bajan en Lago Verde,
no cruzamos a nadie en el sendero espiral que conduce a la orilla
y encontramos al primero (y mejor) de los dos campings clausurado,
capaz, si hubiera prestado más atención al viento,
en vez de reírme tanto
o cantar canciones de La Polla
o escuchar la traducción que Coqueto hacía de Ulver
hubiera percibido algo de lo que la brisa venía trayendo,
el sonido de miles de cañas colihue multiplicándose,
la explosión que producía el estomago de las ratas al primer sorbo de agua,
terminamos pasando la noche en el otro camping
donde nos recibe un yupi con pulóver de motivos navideños
que confirma la clausura resultante del asedio
y nos informa su exorbitante tarifa de acampe
prometiendo que los rediles mantendrán lejos a la ratada,
las circunstancias me aceleran el mecanismo de desesperanza,
de repente el viaje, el verano, la vida entera
me parece una equivocación,
¿será que el sentirme vulnerable
favoreció el encantamiento?
porque todo era lamentos y puteadas hasta que ella apareció
detrás del mostrador de la proveeduría
con el iris celestial, la sonrisa perlada y el acento catalán
enmarcada por un fondo de pinos y agua brillante
preguntándonos qué buscamos,
cosa que yo no puedo responder
puesto que su irrupción confunde mis prioridades,
minimizando lamentos, quejas, puteadas,
sumando otra conquista para la corona española
(el virreinato del Perú,
el virreinato del Río de La Plata
y el virreinato de Juan Francisco Altamiranda),
no es calentura, es algo peor,
es una expropiación no legislada de mis emociones,
todo sucede muy rápido,
el impacto avasalla con fuerza
y nada vuelve a ser lo mismo después,
me voy a dormir desahuciado,
detestando la fofez de este cuerpo
que me aleja de gustar a una chica así,
afino el oído
para descubrir a las ratas merodeando
hasta que me duermo,
más tarde escuchamos a las bandurrias,
es un graznido espeluznante
como de copula y asesinato,
cerca del amanecer, entre sueños,
invoco a Ludmila,
le pido abrazos como si fuera un bebe dando órdenes,
esta petición nos devuelve la risa en el desayuno.








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