domingo, 16 de abril de 2017

todo gira alrededor de



al principio también hay una panza hinchada:
en la foto mamá sonríe y papá la abraza por la espalda,
están siendo felices en alguna playa del atlántico
y bajo la solera negra de ella
-como si escondieran una sandía-
asoma un bulto al que llamarán Juan Francisco,
mamá está hermosa igual,
mamá es hermosa siempre
aunque le hinche el vientre y le saque estrías
aunque le cueste demasiada sutura
aunque le cause hipocalcemia
aunque reniegue un montón
cuando la barriga me crezca más que los huesos
aunque sueñe mil veces con el hijo saludable que no puedo ser
aunque todos los aunque que se te puedan ocurrir y más.
ah, sí, en el reverso de la foto dice "vacaciones 1987".

lo que soy también se define por mis hermanos,
los que le hincharon la panza a mamá antes que yo,
los que allanaron caminos,
los que perdieron la huella
los que prohibieron desvíos,
los que achicaron Berisso y avivaron las llamas,
los que señalaron tantas veces mi gordura
que la metástasis terminó adueñándose de lo demás,
¿qué hay para dar cuando tu vida se resume a un solo defecto?
¿quién soy debajo de los nombres que ellos me eligieron?
¿quién cargo ese peso extra sobre la balanza?
¿quién va a venir a sacármelo de encima?
¿llegará antes que aprenda a perdonar?
concedo morir anquilosado y panzón
pero morir con cuentas pendientes jamás.
 
siempre quise escapar,
el sueño de mi vida era ser fugitivo
de esos que un día juntan sus cosas y se van,
que no amenazan con irse,
que no explican por qué o a dónde,
que no se despiden.
que nunca regresan,
atrás quedaría la burla de los pibes
el rechazo de las pibas
el murmullo en las duchas,
el consejo de los raquíticos,
el humillante apretón mamario,
la crueldad del espejo y la balanza,
el talle secuestrado y desaparecido,
esta ilusión fue el alimento
con el cual me engañé durante años
mientras la obesidad absorbía todas mis virtudes
y me imposibilitaba de ser
-y verme como-
algo más que un montón de grasa,
proyectaba que alejarme desaparecería este peso,
aplazaba el momento de reconocer la verdad:
que no existen alas
que puedan llevarme lejos de mí mismo,
que a donde vaya ella viene conmigo,
que la carga soy yo.

por culpa de una chica
una mañana desperté y ya no tenía más panza,
literalmente se había colmado el vacío,
producido el milagro,
cumplido el estirón,
achicado el apetito,
revalorizado la estima
y cuando ella hablaba yo enmudecía
y cuando ella llamaba yo acudía
y cuando ella apuraba yo corría
y cuando ella abrazaba yo
-te juro-
sentía aplacarse cada pulsión de ansiedad,
desterrarse cada intención de vicio,
redimirse cada pecado,
estallarse la bóveda
donde un día el miedo
y su aliada, la voracidad,
encerraron al amor
y con esa llave en las manos
no dejé puerta sin abrir
¿quién lo hubiera dicho?
la fuga se había dado
de adentro hacia afuera.

la desventaja de tener las puertas abiertas
es que invitan a pasar
y en un descuido
lo tuvimos de nuevo adentro,
sonriéndonos desde el volante,
pisando el acelerador,
devolviéndonos en un parpadeo
oscuras certezas olvidadas
sobre qué tan malo era su viaje,
sobre lo difícil que era bajarse,
y sobre lo pantanoso y ruin de los lugares
hacia los cuales nos conducía,
un par de meses después la panza estaba de vuelta,
haciéndome entender que jamás iba a poder
apartarla definitivamente de mi vida,
recordándome que pase más tiempo
tratando de hacerla desaparecer
que buscando mi felicidad.

cambiar tu destino puede ser tan cansador
que entre tanta dieta, balanza y ejercicio
es posible no haberse rescatado
de las señales en el camino,
de la curva que vino adelante,
de la mala iluminación,
del accidente
que se llevó puesto todos tus planes,
tus recuerdos, tus cariños, tus lamentos
mientras vos comparabas las calorías
de una barra de no sé qué.


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