viernes, 12 de mayo de 2017

el mejor antídoto para un mal presagio.




Mi hermano se está muriendo,
su hermosa vida cuelga de un hilo
que se deshilacha entre mis dedos
mientras corremos buscando ayuda
por el crepúsculo de una calle siete
que se retuerce bajo nuestros pasos
como un enloquecido gusano de asfalto
salado por las manos del mismísimo Dardo Rocha.

Mi hermano se está muriendo,
la preciada llama de su vida se desvanece
en la más oscura de las noches,
en la antesala del segundo invierno macrista,
ángeles y demonios se disputan su pobre alma,
tironeamos como podemos contra la muerte,
pedimos auxilio, una segunda, una indicación,
los nervios esconden los hospitales detrás de mis ojos
y damos vueltas hasta marearnos,
estirando la agonía,
esquivando la salvación.

Mi hermano se está muriendo,
los edificios crecen hasta combarse,
la ciudad se desmorona
en lenta lluvia de mamposterías,
los semáforos se hamacan felices,
el tránsito migra hacia las márgenes,
la gente sigue comprando
y nosotros
saltamos de un picaporte a otro,
esperando encontrar no sé qué,
ninguna puerta se abre,
nadie responde a nuestro llamado,
la casualidad nos lleva por un estrecho pasillo
hasta un caprichoso milagro:
una sala de espera colmada a más no poder.

"Mi hermano se muere" le grito al recepcionista,
"mi hermano se muere" le grito al doctor,
"mi hermano se muere" le grito a la sala entera,
"selfis, pitufos y senegaleses no pudieron detenernos,
marquesinas, diagonales, movilizaciones tampoco,
ahora que la medicina haga su magia,
que alguien vaya hasta la farmacia
y nos consiga un poco más de tiempo,
que se detenga esta hemorragia
que se lo lleva lejos de mí,
que lo necesito porque es mi hermano,
porque este lazo lo urdimos nosotros,
porque la sangre no significa nada
pero él es mi querido hermano
que me llevó de la mano
a La Plata, a los trenes, a Cemento,
que me empujó de cabeza en el pogo

y me rescató de los malentendidos
que surgen en el camino
de un San Telmo que no es Nueva York.

Mi hermano se muere,
el martillo desciende y golpea en el pecho,
dejar el cigarro ya no es una preocupación
para su tiempo, para su bolsillo, para su salud,
su espíritu escapa en el último aliento,
sus huesos finalmente quietos,
su voz se me pierde entre otras voces,
los recuerdos empiezan a dolerme,
las canciones cambian para siempre,
las paredes ya no chorrean su nombre,
nos queda pendiente ese viaje,
nos queda pendiente esa banda,
nos queda pendiente la risa
hasta la madrugada, en el balcón.

Mi hermano se muere y lo dejo ir,
una parte de esta familia lo espera del otro lado,
la otra parte sabe bastante de cómo llevar un duelo,
una vuelta fuimos a Melonio, velada hardcore,
y pasamos toda la noche esperando el tren en Constitución,
turnándonos para descansar,
evitando regalarnos y facilitar tentativas de robo,
cuando llegamos de vuelta a La Plata, llovía
y el agua formaba un espejo sucio
sobre los adoquines de plaza Italia,
en el reflejo de esa mañana
quedó grabado un momento que siempre vuelve en mis sueños,
debajo de los cimientos un pulpo quiere llevarte consigo
y yo me lanzo en el agua a pelear por tu vida,
pateándolo y puteándolo y pegándole,
mordiendo sus tentáculos a pesar que soy vegano,
llenándome los dientes de tinta que usaría para escribirte un poema
después te libero y, algo agitados, volvemos a la orilla,
justo a tiempo para enganchar el "B x 1",
en el sueño nado como un campeón
aunque los dos sabemos que la verdad es otra.



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