domingo, 28 de mayo de 2017

esto no es una oda a Berisso.



I
Esto no es una oda a Berisso,
yo no soy otro de sus poetas subsidiados,
otro de esos que se consagran a rimarle versos de miel
como su fuera la amante que los desvela
mientras sueñan despiertos
con llenar auditorios,
cubrirse de aplausos
y disertar
grandilocuentemente
desde un altísimo palco.

Si aquellos poetas amaran a esta ciudad
la mitad de lo que sugieren en sus coplas.
soltarían la pluma y tomarían la espada,
en tropel saldrían a cortar cabezas
de empresarios y funcionarios,
papeles que seguido se mezclan
en esta maraña
de suelo rico y pueblo hambreado,
de bolsa de gatos
que bien parados siempre caen,
y a renglón seguido
los poetas incendiarían todas las inmobiliarias,
expulsarían hasta el último xenófobo
presente en el vecindario,
puesto que no se puede olvidar,
ni desconocer,
la génesis de nuestra esencia,
la pluralidad y cosmovisiones
que fueron semillas de lo que somos
y nunca dejaremos de ser.

La justicia poética descansa en manos
de verseros ataviados
en formatos y burocracias
que sueñan más de lo que escriben,
esperando una placa que los haga inmortales
aunque mañana no quede nadie
para recordarlos
o citar pomposamente su obra
o admirarlos con delirante afano.

¿Quién puede amar a tus poetas, Berisso?

¿Quién puede hacerte bella
valiéndose de palabras,
salvarte del olvido,
elevarte a la gloria,
quién?

Nadie puede.

La poesía fracasa,
fracasa el poeta,
fracasa el poema.

Renuncio desde el vamos a tales aspiraciones
propia de vanidosos e incongruentes,
aparto la vista de mi ombligo
y proclamo

que esta noche, desde mi cuaderno,
le abro mi corazón a tu corazón,
dejo salir palabras que te pertenecen,
que desde hace tiempo guardo
sin saber que eran tuyas.

Empuño la pluma, tajo en el pecho
y que se derrame todo lo que mis ojos vieron,
que salgan volando los ayeres que guardo bajo la piel,
que a mis oídos vengan las voces perdidas
y que vuelva el tiempo corriendo hasta mis manos.

II

Vi la tierra desangrarse bajo el ardiente sol,
herida de muerte por la mano del hombre,
el siempre bien ponderado suelo berissense,
que tantos frutos nos había dado,
supuraba un caudaloso chorro gris
de antinatural y pestilente
residuo de dragado.

Los hombres
desconocedores de las bondades de ser árbol
desmontaron en cuestión de meses,
lo que a le Tierra le llevó siglos de artesanía
y el árbol
que sólo sabía crecer y renovarse,
ejemplificar la paciencia de años,
depurar el aire que nosotros contaminábamos,
protegiéndonos
y regalándonos vida,
se despidió
para siempre, y con cierto alivio,
de una planeta que agotó las posibilidades
de arrepentirse y revertir
el daño causado.

III

Salgo de un mal sueño, despierto,
me encuentro a la pesadilla
sentada al borde de la cama:
un congreso de aves expulsadas del paraíso,
una asamblea del descontento animal
mirándome con sus ojos de migrantes forzados
donde se refleja
desgarradoramente nítida
la nula reversibilidad de sus destinos.

-Cada día que pasa queda menos monte-
me dicen los pájaros en su idioma de pájaros
y desplegando sus alas al unísono
llevan su vuelo hacia otra parte,
dejando un ancho silencio
que el traqueteo de las Caterpillar
rápidamente
se ocupa de llenar.

Salgo del mal sueño, despierto,
lágrimas de rabia incendian mi colchón.

Salgo del mal sueño, despierto,
lágrimas de rabia incendian mi colchón.

IV

Heteromancia para principiantes:
pronostico de una ruina anunciada,
galopante desmonte avanza
escondido entre promesas de humo,
pisoteando pasado, presente y futuro
de una ciudad
que cada vez es menos nuestra
porque cada vez es menos lo que fue
y más lo que los intereses de la clase dirigente
y el empresariado
le permiten.

Berisso,
dormida a orillas del río, peligra,
soñando con volver
a los días de camas calientes,
a chimeneas vomitando industriosidad
y a los obreros en masa yendo
de la casa al trabajo
y del trabajo a la casa,
amén.

En el kilometro cero del hecho maldito,
un puerto se oxida
a la espera de ser estrenado,
a la espera de barcos y operarios que jamás vinieron,
a la espera de inversiones
que rebalsen la copa señorial
y caigan de una vez sobre nosotros
mientras tanto
el pecho se nos desinfla, poco a poco,
pinchado por la única verdad:
la realidad.

V

El discurso oficial es almohada
donde la ciudadanía
descansa su obligación,
mareada por eufemismos
y engañosas nomenclaturas
que complican su entendimiento,
que desganan su conciencia,
que la apapachan
mientras letales piojos
salidos de un cuento de Quiroga
succionan la vida de nuestra amada,
desconsolados,
¿a dónde iremos a parar cuando ella muera?

No quedarán palacios
ni de los municipales
ni de los no declarados por el intendente,
no quedarán parroquias, ni sociedades de fomento,
ni colectividades, ni clubes, ni bares,
ni plazas, ni calles, ni Montevideo,
ni veredas, ni cordones, ni esquinas...

¿Dónde podremos juntarnos?

Estaremos expuestos, desprotegidos,
desnudos antes el más grave de nuestros errores,
buscando consuelo en un cielo que se aleja
de un suelo que nos traga
justo antes de despertar.

Salgo del mal sueño, despierto,
lágrimas de rabia incendian mi colchón.

Salgo del mal sueño, despierto,
lágrimas de rabia incendian mi colchón.

Salgan del mal sueño, despierten,
lágrimas de rabia incendien los colchones,
que el desencanto crezca y se vigorice,
que descargue día y noche su cólera sorbe los verdugos.

Salgamos del mal sueño, despiertos,
con la conciencia y el corazón encendidos
y con los ojos más abiertos que nunca.


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