martes, 6 de junio de 2017

como si miles de orejas estuvieran esperando.



el escenario daba vueltas
como una calesita borracha
acelerándose vertiginosamente
con cada segundo
de reciproca beligerancia,
encaminándonos
a nuevos y peligrosos niveles
de altivez y provocación
que sugerían un desenlace
típica placa de Crónica;
boludez chorreando de las paredes,
amantes enfurecidos,
ceguera versus granada,
tironeando de la espoleta,
"porque yo, porque mi",
porque tuve un atisbo de lucidez
-quizás el único entre tanta fisura-
y salté
un cachito antes
de que la cosa se descarrilara
aterrizando, pasillo al fondo,
en los monoblocks,
una radiante tarde de sol
que no se correspondía en absoluto
con mi tormentoso pasar interno,
golpeé dos veces la puerta
con moribundo clamor,
probé el timbre,
después apoyé la mano
tiernamente sobre la madera
y hablé
como si miles de orejas estuvieran esperando
escucharme a través de ella
"coqueto, abrirme, por favor,
coqueto, dale",
pero así tampoco hubo respuesta
entonces bajé y me senté entre las plantas
siendo una maseta más,
sabiendo que la voluntad amorosamente depositada
a la hora de sembrar,
fortalecer
 y cuidar
lo nuestro
se había debilitado de golpe,
quedando reducida
a un montón de servilletas
llenas de lágrima y semen
hechas un bollo
en el fondo del tacho de la basura,
permanecí ensimismado
en mi precario escondite selvático
alimentando a los mosquitos,
meditando culpas y responsabilidades,
buscando la alquimia necesaria
para revertir el hechizo del tiempo,
odiándome y odiando la circunstancia,
todas las señales que no vi,
las advertencias que decidí saltearme,
desfilaron delante de mí
en un baile caleidoscópico
medio ritual de apareamiento
que me inseminó de una extraña certeza
dejándome completa
e indiscutiblemente
embarazado.
desesperado y presto a parir,
me paré como pude y volví a la puerta,
repetí los golpes, el timbre, el dialogo,
de nuevo todo volvió a fracasar,
bajé dando estúpidas zancadas por la escalera,
aferrándome a la baranda con una mano
y acariciándome la maternal panzota con la otra,
salí de ahí causando un revuelo,
perturbando la ronda de fanáticos del cele,
causando risa a los pibitos y a las pibitas que salían del cole,
recibiendo el mismo saludo amable de Charlie
que cada vez que lo cruzo me dice lo mismo
"¿cuándo venís a casa a escuchar mis vinilos?"
una lástima, Charlie, que no era momento para vinilos,
era momento de volver a casa,
desanduve el camino de regreso
protegiendo mi vientre de los zarpazos
que un tigre tarado me lanzaba sin puntería,
crucé la Montevideo entre puteadas y bocinazos,
doblé en Mendoza
y seguí una línea imaginaria
desde la esquina hasta el árbol que plantó mi mamá
(que es una catalpa de grandes hojas verdes),
decidido a llegar y dar a luz
pero en el camino me encontré una sorpresa,
era un smartphone
-de esos que yo no tenía,
ni sabía usar
y contra los cuales me obstinaba,
generándonos cientos de discusiones
que desgastaban la onda,
irreversible y sistemática forma
de hacerla palmar
y bailarle encima-
colgué mirando el aparatito,
considerando agacharme y levantarlo,
llamarte y capaz no sé,
que salgan palabras mágicas, no sé,
y remedien las últimas horas, semanas, meses
pero no sé, no sé, no sé,
no sabía y sigo sin saber,
de repente me acordé
de la necesidad que tenía
de volver a casa y aprender
un nuevo lenguaje
para comunicarme
con eso que estaba a punto de llegar
para cambiarnos la vida.

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