jueves, 25 de enero de 2018

otro verano de persianas bajas.



este verano me lo paso enajenado,
encalleciéndome rabiosamente los pulgares,
sudando bajo techo-a puertas cerradas-en la negrura,
apenas iluminado por la pantalla de tres pulgadas,
buscando la manera de romper esa ventana
que ayer tapiada, hoy se vuelve a abrir,
que no conoce de recato,
que se auto-gobierna,
que me sujeta
con la misma tenacidad que sujetábamos al fuego,
mordíamos la hambrienta carne, apretujábamos el vacío,
chupábamos hasta saciarnos de la sed del otro
y le vendíamos nuestra carencia,
transgrediendo los siete pecados capitales a la vez,
dos cuerpos arremolinándose entre el placer y la culpa
como formaciones ferroviarias desbocadas a punto de colisionar,
clavaste el freno de mano-me pediste: "esperá un minuto"
esperé-el minuto no fue tal-sino que fue menos
lo sé porque conté los segundos, yo cuento todo,
aburro y aburro a las personas con mis historias,
la charlatanería es el ineficiente método
del que me valgo para agradar
seguro de que el silencio repele instantes
como el que tuvimos cuando volviste,
me agarraste de la mano y atravesamos el pasillo a oscuras,
"esta es la pieza, creo que ya la conoces" dijiste
mientras descorrías la persiana
y la soga circulando en la polea
y la velocidad con que se deslizaba entres tus dedos
y el clack de la madera al caer
calentaban
y el tierno empujoncito que me diste
y los resortes del somier que compró papá
y el frufrú del cubrecama almidonado bajo nuestro rodar
y cierres y botones y respiraciones disparándose
calentaban
y afuera los autos en la avenida
y la copiosa lluvia
y los deditos de los pies envueltos en nylon negro
introduciéndose lenta y exasperadamente en mi boca
(recordándome a James Stewart
curioseando a través de la cortina veneciana
para descubrir aquello que le costaría la vida)
y el tintineo de las alhajas
y el flash de la luz de la cocina
reflejándose en el cristal de las gafas
calentaban
y trabajosamente gustosa fue la llegada,
el volcánico néctar de la vida
salpicando mi panza y las paredes,
almohadones tejidos a mano por ascendencias septuagenarias,
un blíster de Valeriana en la mesita de luz,
la compacta y apestosa molienda de cannabis,
los apuntes de materias abandonadas el cuatrimestre pasado,
los lentes y la sonrisa picara y satisfecha,
bendiciéndolo todo entre los gemidos de mi agonía.

cuando me quedé solo en la cama
escuché que los de arriba
empezaban a coger
y eso me volvió a calentar
y recordándolo ahora es posible avivar algunas cenizas,
lo cierto es que nadie sospecha de mi estrategia,
de si este poema reabre o cierra definitivamente la ventana
y eso lo tomo como un halago.

No hay comentarios:

Publicar un comentario