miércoles, 18 de abril de 2018

la otra mano de Dios.


cuando me tocó ser la mano de Dios
tenía puesta una campera rompevientos
y botas de lluvia amarillas,
estaba en el campo con mi hermano y dos amigos
atrapados en uno de esos famosos días pasados por agua
donde lo único que podés hacer es esperar a que pare
y salir antes de que se vuelva a largar,
buscábamos ranas para clavarlas en un anzuelo
y tirarlas en un arroyo cercano
con la esperanza de pescar una anguila
que nos sirviera de almuerzo
porque la mano de Dios
también tiene que poner alimento sobre su mesa
y mientras íbamos de un charquito a otro
haciendo saltar un pedazo de carne
atado con hilo en la punta de una caña
me pareció escuchar un lamento
y distinguí a través la bruma
y las diferentes tonalidades de verde
la cabeza de un caballo
asomándose -sólida y quieta-
de entre las mugrosas aguas de un badén.

cuando me tocó ser la mano de Dios
no supe bien lo que tenía que hacer,
nos acercamos al animal y nos quedamos mirándolo,
estaba metido en el barro hasta el cogote,
y parecía viejo y parecía cansado y parecía estresado,
tenía tristeza en los ojos y las orejas caídas
y había algo más que no pude y aún no puedo definir
y que sólo pude encontrar en él
y en nadie más, nunca más,
era la nítida comprensión
de un final
próximo
e irremediable

cuando me tocó ser la mano de Dios
le dije a uno de mis amigos que era un pelotudo
porque no era el momento para hacer chistes
sobre qué gusto tenía la carne de caballo
y éste me respondió con un castañazo
de esos que te quedan doliendo
y mi hermano,
que jamás se quedaba al margen
en este tipo de conflictos,
no dijo nada
y comenzó a sacarse la ropa
y se zambulló en el lodazal,
acercándose amigablemente
al caballo arrinconado por el infortunio.

cuando me tocó ser la mano de Dios
hubo otras manos que me ayudaron
a empujar entre resbalones y pútridas miasmas
pujando y alentando y forcejeando
hasta que parimos
una anciana yegua cubierta de barro
que llegó al mundo cerca del mediodía,
en un día lluvioso, en la zona montaraz
lindera del río de La Plata,
y aquello produjo una contentura inédita en nosotros
y nos convirtió
-por una fracción de segundo-
 en pibes menos brutales de los que éramos
y me acuerdo de mi calzoncillito de Mickey Mouse
salpicado de barro y otras porquerías indescriptibles
y me acuerdo de mi panza de pre adolescente
pálida y fofa y por primera vez invisible a las burlas
y me acuerdo de un baqueano que apareció por ahí
y nos contó que  muchos caballos se morían atrapados así
y me acuerdo al otro día
de volver y encontrar a la yegua de nuevo metida en el barro
pero no me acuerdo si eso lo soñé o lo estoy inventado
o si digo que no me acuerdo o que no lo sé
para que no pese tanto no haber hecho nada
porque no se puede ser la mano de Dios todos los días
y con sólo haberlo sido una sola vez
debería alcanzarme para el resto de mi vida.

cuando me tocó ser la mano de Dios
no contemplé la paradoja implícita de mis actos,
no me detuve a pensar en las consecuencias,
no fui responsable con el destino de mi creación
y tampoco me comprometí con ella
más allá de ese primer momento,
atravesé diferentes estados de preocupación y arrepentimiento,
y algunas veces tuve miedo de encontrarme la cabeza del caballo
emergiendo violentamente de la negrura cuando cerraba los ojos
o aguardándome al otro lado de la cortina de baño
o en los placares de todas las casas a las que iba
o en el fondo pardo de los charcos cuando llueve
o cuando me asomaba a ver mi reflejo sobre el agua
o entrando por la ventana en las noches de verano
o bajo la sábana en el invierno
o cuando me tocaba desnudarme
o cuando veía caer con audacia
los vestidos de chicas audaces
que me dirigían su mirada
y yo estaba seguro
que de sus iris
escaparía
la cabeza
abalanzándose,
echando espuma por las fauces
dándome la más terrible de las coces,
derribándome y dejándome inmovilizado
para rodearme con cierta malicia impropia de un caballo,
reclamándome en lengua castellana
por qué me dejaste morir así
y al quedar yo tan próximo a la muerte
no tenía palabras para él
(lo mismo que si estuviera lejos de morirme)
tan sólo podía acordarme
de la forma en que se despidieron Atreyu y Artax en el pantano de la tristeza,
del pequeño Milo haciendo la última siesta de su vida en las aguas mansas,
de ese Titanic en slow motion en que se había convertido nuestro amor,
de la mesita de luz llena de pastillas y recetas, de la fiebre y el enojo,
de cómo esperaba a que te quedaras dormida para decirte al oído
que todo iba a salir bien si aguantábamos un poco más,
de la sensación generalizada de estafa que te invadía cada mañana
cuando despertabas y descubrías que tan grande era la distancia
entre lo que soñabas y lo que habíamos tardado años en construir,
de cómo se explicaba que fuera tan poca la épica de nuestra época,
de haber quedado agonizante y encaminado hacia el valle de las sombras
desconociendo para siempre qué hubieses elegido si te tocara ser  
 un episodio bíblico, un relato mitológico o un juego de Nintendo,
sabíamos que a pesar de mi formación católica
y mi afición por los Caballeros del Zodiaco
hubiese preferido conocer una versión tuya en ocho bits
y dar vuelta juntos este Crystalis de ciclopes argentinos
donde algunas veces fuimos héroes tomados de la mano
y otras veces el maléfico boss al final de la pantalla,
los pensamientos que se escapaban de mi cabeza rota
se iban tornando cada vez menos racionales,
desaparecían los estímulos que alimentaban mis fantasías
y empezaba a sentir sobre mi pecho la presión de la muerte,
lloraba como de la Serna en el velorio de Alorsa
-detalle que me compartió Mardones
un día de lluvia que nos agarró sin llave-,
me llevaba la opinión que me pediste sobre los caballos,
me llevaba no haberte dicho que era mentira,
que es biológicamente imposible que corran hasta morir.

cuando me tocó ser la mano de Dios
traté de salvar un caballo de morir ahogado
y ese pequeño gesto se trastocó en condena
y si tuviera el De Lorean para volver a ese instante
dejaría a los dioses hacer el trabajo de los dioses
y correría hasta tu casa aún antes de conocerte,
diez años antes, quince años antes, veinte,
golpearía la ventana de tu pieza hasta que me abras
y te diría que los caballos siempre me dieron miedo
y te diría que es mentira, que todo es mentira,
y no importa si la piba que fuiste no lo entiende
porque muchas veces yo tampoco logro entenderlo
pero todo parece un poco más claro cuando estás ahí.



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